Articulos El Bebé Emocional

La época primal del ser humano -gestación, nacimiento y primera infancia- merece todo el respeto y protección puesto que es en esta época donde se escribe el futuro de las personas, que es lo mismo que decir el futuro de las sociedades y de la humanidad.

lunes, abril 28, 2008

EDUCAR CON INTELIGENCIA EMOCIONAL

EDUCAR CON INTELIGENCIA EMOCIONAL

Lo usual al hablar de inteligencia es hacerlo refiriéndose a las capacidades de lógica, razonamiento, análisis, etc. que se miden a través del coeficiente intelectual (CI). Este tipo de inteligencia está relacionada con la percepción racional, que diferencia al ser humano del resto de las especies. Es el logro del proceso evolutivo, plasmado en el característico neocórtex de nuestro cerebro. Sin embargo, hay otros tipos de inteligencia, como la visual-espacial, musical, artístico-creativa, lingüística, etc.

Incluso el CI no es algo fijo e invariable, ni siquiera en la misma persona. Se sabe que el CI puede variar considerablemente según diversos factores, entre los que se encuentra el estado emocional de la persona. Al fin y al cabo el CI no es más que un puntaje que mide en un momento dado la capacidades del sujeto para el manejo de abstracciones mentales (palabras, números, conceptos). Lo que no nos dice del sujeto son sus capacidades de motivación, imaginación, liderazgo, creatividad, ni el talento artístico.

Haríamos bien, padres y educadores, en preocuparnos más por la felicidad de nuestros hijos, por su autoestima y sentimiento de ser amados. No hay que menospreciar el CI, pero desde luego, un CI elevado no garantiza buen rendimiento o motivación. Podemos decir que no es cuestión de cuánto es de inteligente un niño, sino de qué hace con lo que tiene. La autoestima, la autoconfianza, permite al niño dar lo mejor de sí mismo. Por el contrario, carencias y conflictos emocionales pueden llevar al fracaso al más inteligente de los niños.

Un CI elevado no es garantía de felicidad y éxito. El ingrediente indispensable para ello es un alto nivel de inteligencia emocional. La inteligencia emocional la podríamos definir como la capacidad para reconocer, expresar y gestionar las propias emociones, superar las adversidades, escoger tú propia vida y relacionarse en armonía con los demás. ¡Casi nada!

Es necesario desarrollar en los niños una serie de habilidades de la Inteligencia Emocional que no guardan relación con las destrezas escolares, intelectuales o abstractas, sino que forman parte de las capacidades de conocimiento y control adecuados de las propias emociones, y el conocimiento empático de las que expresan las personas con quienes vivimos.

En la sociedad de hoy en día, y más aún en la de mañana, el camino del éxito pasa por la confianza en uno mismo, por la autonomía y la soltura relacional. Las aptitudes para comunicarse y el dominio de las emociones son ahora al menos tan importantes como las cualidades técnicas. Para triunfar en la vida personal o en la profesional, la inteligencia del corazón es más fundamental que nunca. Alimentar el coeficiente intelectual de los niños es insuficiente. Debemos preocuparnos de su coeficiente emocional. Además, numerosas dificultades intelectuales y escolares tienen su origen en bloqueos emocionales.

Comportamientos violentos, dependencias relacionales, o debidas a la televisión, a las drogas, a los medicamentos, son otros tantos intentos de control de emociones que no se pueden administrar. Estos síntomas arraigan durante la infancia. Ocultan carencias, heridas relacionales, fracasos de comunicación.

La timidez, el menosprecio de uno mismo o, por el contrario, la supervaloración, son los resultados de una historia. Sentimientos heridos, intenciones mal entendidas, comportamientos mal interpretados. Las ocasiones de sufrimiento son numerosas en las relaciones niño-adulto.

Se empieza a educar con inteligencia emocional desde la misma gestación. Los bebés y niños aprenden de la personas que tienen un papel importante en su vida y por lo tanto es una gran oportunidad y una gran responsabilidad la que tenemos para con ellos. De nosotros depende su felicidad actual y futura. De nosotros depende que su inteligencia emocional florezca y les permita realizarse plenamente como seres humanos. Somos espejos donde los niños se miran continuamente y de lo que vean dependerá su autovaloración, su autoestima y su sentimiento de ser amado.

El bebé, el niño, es una semilla que en sí misma contiene todos los ingredientes necesarios para ser feliz y desarrollarse con armonía.

Somos los adultos los especialistas en impedirlo.

Enrique Blay

Dpdo. en Psicología del Desarrollo

www.ara-terapia.com

domingo, noviembre 11, 2007

EL INICIO DEL COLE

Más tarde o más temprano las familias hemos de afrontar la escolarización de nuestros hijos. Hoy en día es habitual, en nuestra sociedad, que se inicie tempranamente en las guarderías, con pocos meses desde el nacimiento. Todo un reto en sus vidas.

En los bebés y niños prevalece la percepción emocional. Plenamente desde la concepción y hasta los dos años de edad. A partir de esa edad se inicia (¡Ojo!, se inicia), la conquista de la percepción racional, que no prevalecerá hasta los doce / catorce años. La percepción emocional, como su nombre indica, es emoción pura, lo que siento aquí y ahora; lo contrario de la percepción racional, que es análisis, lógica, pensamiento racional. Así pues, la forma de percepción de bebés y niños es opuesta a la de los adultos, por lo que para entenderse, una de las dos partes se ha de situar al nivel del otro, y para los bebés y niños es imposible hacerlo. Por lo tanto, o los adultos "nos elevamos" a su plano emocional o aquí no hay quién se entienda y una u otra parte, o ambos (los padres o los niños) saldrán perjudicados.

“El inicio de la guardería o del colegio es una experiencia de una gran carga emocional para nuestros hijos. Comprender y acompañar sus emociones, les permite afrontar sus nuevos retos”

Hay algo que debemos asumir: el inicio de la guardería o del colegio es una experiencia de una gran carga emocional para nuestros hijos (más intensa cuanto más pequeños son). Asumirlo representa la posibilidad de procurar que esa experiencia sea la mejor posible para ellos. Se piensa que esta experiencia, por muy traumática que sea, es una cuestión temporal a la que el niño se acostumbrará sin más consecuencias. Acostumbrarse sí que se acostumbrará (qué remedio le queda), pero dependiendo de cómo la haga, ese proceso puede traer consecuencias a corto y a largo plazo en su desarrollo psicológico. Hoy en día existe la evidencia de que toda experiencia temprana en las épocas críticas de ese desarrollo (gestación, nacimiento y primera infancia) afecta la arquitectura del cerebro. Dejan huellas profundas en nuestra forma de ser y de sentir que moldean nuestro desarrollo psicoemocional posterior y nos afectan el resto de nuestras vidas. Está en nuestras manos conseguir que el inicio de la experiencia escolar para nuestros hijos sea la mejor posible. Para ello es fundamental ponerse en “la piel” de bebés y niños, comprender la manera en que procesan esa experiencia, lo que sienten al enfrentarse a ella.

La prueba de la intensa experiencia emocional que supone para bebés y niños el inicio del “cole”, es la respuesta conductual que muestran ante ella. Muchas madres constatan que sus hijos, desde el inicio de la guardería, lloran más, duermen peor, demandan más lactancia, muestran más apego, etc. O desde que inician el colegio o acceden a un nuevo centro, se muestran más inquietos, más irritables –se enfadan, cogen rabietas o se muestran agresivos-; o por el contrario sumidos en sí mismos, ausentes o poco comunicativos; exigen más atención, etc. Todos estos cambios en su conducta son una expresión del estrés –físico y emocional- que padecen ante este cúmulo de nuevas experiencias (separación del entorno familiar; niños, cuidadores y profesores desconocidos; ambientes nuevos, etc.).

¿Qué podemos hacer madres y padres para ayudar a nuestros hijos en esta experiencia tan importante para ellos? De entrada escoger una guardería o colegio acorde a una crianza y educación respetuosa. Respetuosa con sus necesidades emocionales; con la individualidad de cada bebé o niño; con cada etapa de su desarrollo. Respetuosa con los deseos de madres y padres en esta línea. Para facilitar la adaptación del bebé o niño a la guardería, podemos establecer un ritmo de adaptación, empezando con cortos períodos, con la presencia materna o paterna, e ir alargándolos paulatinamente, según la reacción de nuestro hijo.

“En la elección de la guardería o colegio hemos de considerar su línea educativa, que priorice el desarrollo emocional, que comprenda y respete el “sentir” de cada bebé o niño”.


Una vez han iniciado la guardería o colegio, hemos de estar muy atentos a las conductas que muestran nuestros hijos. Responder a sus cambios conductuales con escucha emocional, con empatía hacia lo que sienten, con sensibilidad, paciencia y mucha afectividad.

La “Escucha Emocional” es la herramienta más útil y efectiva para tratar los conflictos emocionales de bebés y niños. Al bebé y al niño sus emociones le “estallan” en su interior. Aún no saben comprenderlas, controlarlas y gestionarlas. Es indispensable que madres y padres permitamos sus expresiones emocionales, las acompañemos y les mostremos cómo afrontarlas. No podemos ignorarlas, ni negativizarlas (“no hay para tanto”, “ya se te pasará”, “bueno, no te preocupes vamos a jugar”, “te pones insoportable”, “deja de llorar, no te va a servir de nada”, etc.), y mucho menos castigarlos (“vete sólo a tú cuarto hasta que se te pase”, “si no dejas de estar enfadado no iremos al parque”, etc.), y jamás pegarles (ni siquiera bajo la absurda idea de que “una torta de vez en cuando les va bien”).

En el caso de bebés, que aún no hablan, no hay que olvidar nunca, que siempre que lloran es por que tienen una necesidad inmediata. El llanto es su único medio de expresarla. Si tiene hambre, le daremos de comer. Si tiene el pañal sucio, se lo cambiaremos; o si tiene frío o calor lo solucionaremos; si le duele algo o está enfermo le llevaremos al pediatra. De igual manera, el bebé llora para expresar necesidades emocionales que necesitan ser satisfechas. Sus necesidades emocionales son tan importantes como sus necesidades físicas.

“Siempre que un bebé llora, expresa una necesidad –física o emocional- que hay que satisfacer sin dilación”

“Siempre que un niño mantiene conductas, puntual o reiteradamente exageradas, hay una emoción detrás que hay que descubrir, acompañar y enseñarle a gestionar”


Cuando los niños crecen, a partir de los dos años van adquiriendo capacidad de expresión a través del lenguaje, pero aún están muy lejos de poder utilizar las palabras para explicar sus sentimientos. Debemos “leerlos” detrás de sus comportamientos y actitudes. Toda expresión emocional tiene un significado, una intención. Las descargas emocionales son un medio de liberarse de las consecuencias de experiencias dolorosas. Si un niño coge una rabieta, su cólera será el síntoma de alguna emoción que le altera. A lo mejor le angustia ir al “cole”, a lo mejor se ha peleado con otro niño o le han reñido, a lo mejor está muy cansado, a lo mejor hecha de menos a su papá, a lo mejor siente celos de su hermanito, a lo mejor… Para él, nuestras reacciones tienen más significado que nuestras palabras. Escuchar, acoger y otorgar validez a los sentimientos de nuestros hijos significa ayudarles a construirse como personas, como individuos emocionalmente equilibrados. Les otorgamos seguridad y autoestima, sólidos cimientos para afrontar sus nuevas experiencias, desarrollarse en armonía y ser felices.

(Artículo publicado en la revista "EL MUEBLE" - Especial nº 8 NIÑOS)

Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

"ARA- Psicología / Psico-emocional" www.ara-terapia.com

Centro asociado a la Plataforma Pro Derechos del Nacimiento

www.pangea.org/pdn/plataforma.html


domingo, marzo 18, 2007

Lactancia: Alimento nutriente- Alimento Afectivo

Un bebé nace a los más o menos nueve meses de gestación y parece que esté totalmente formado. Sin embargo, en un aspecto crucial, no está preparado para el mundo. Su cerebro no está, ni mucho menos, plenamente desarrollado. Si tuviera que esperar hasta entonces, tendría que pasar otros doce meses en el útero. Hay una razón muy sencilla por la que no puede quedarse tanto tiempo. Para nacer, el bebé tiene que pasar por en medio de la pelvis. Si pasara más tiempo en el útero su cabeza sería demasiado grande para pasar. Así que, si el bebé quiere salir al mundo, tiene que hacerlo ahora, esté preparado su cerebro o no.

De hecho, en el cerebro del bebé, se van a construir alrededor de 1.000 millones de conexiones neuronales hasta los tres años de edad. La calidad y efectividad de estas conexiones dependen básicamente de dos factores: el alimento nutriente y el alimento afectivo. El alimento nutriente aporta las sustancias necesarias -proteínas, hidratos, grasas, vitaminas, minerales, etc.- para la construcción y desarrollo orgánico. El alimento afectivo –cariño, protección, atención, contacto, etc.- satisface todas sus necesidades psicoemocionales. Tan importante un alimento como el otro, tal como, lamentablemente, se ha podido comprobar en guarderías chinas o rumanas, entre otras, en que los bebés reciben suficiente alimento nutriente pero ningún alimento afectivo ya que no son abrazados, ni besados, ni atendido su llanto o simplemente cogidos en brazos. Sus retrasos psicomotrices, las patologías psicológicas o incluso la muerte, son las consecuencias.

Tenemos tres preciosas herramientas para ofrecer alimento afectivo a nuestro hijos. Herramientas que responden a las necesidades afectivas del bebé, producto de su especial forma de percepción: la percepción emocional. Estas herramientas son:

1- El colecho

2- La atención del llanto

3- La lactancia

El colecho, entendido como el acto de dormir juntos padres y bebé, en la misma cama o en otra a su lado, cubre la necesidad del bebé de sentirse seguro, protegido, acompañado, atendido. Tal cómo el Dr. Carlos González apunta en su libro “Bésame mucho”, es normal que los bebés se despierten por la noche cada dos o tres horas, debido al instinto ancestral que permanece en el ser humano, como buen mamífero que es. Este instinto es fruto del hábito de las crías de mamífero, que en medio de la sabana o de la jungla, necesitan de la protección de su madre, especialmente por la noche, en que los depredadores tienen la costumbre de salir a cenar. La cría, por ejemplo de una gacela, va despertándose periódicamente. Gime y si nota la presencia de su madre se vuelve a dormir. Si no está su madre sube el tono en intensidad para reclamar su protectora presencia. Evidentemente, por puro proceso evolutivo, han sobrevivido las crías que seguían este proceso de alarma, las otras, eran cena segura para sus depredadores. Además de este componente antropológico, el ser humano, por sus propias características de desarrollo y perceptivas tiene unas grandes necesidades de afecto, incluidas las de la noche. Es necesario nombrar aquí un método perfecto para negar esas necesidades afectivas y hacer sufrir a los bebés y niños, que por desgracia ha tenido gran resonancia mediática. El método del Dr. Estivill. Método cruel con el bebé o niño, ignorante de sus necesidades de alimento afetivo, de las secuelas psicológicas que puede producir y sin ninguna base científica tal como la psicóloga Rosa Jové, en su libro “Dormir sin lágrimas”, demuestra más que suficientemente.

La atención del llanto parte de la indudable premisa de que si un bebé llora es por algo. Porque tiene hambre, porque se encuentra mal o porque expresa emociones. ¿Dudaríamos en alimentar a nuestro hijo si tiene hambre? ¿Nos pensaríamos procurarle medicamentos o asistencia médica si se encuentra enfermo? ¿Porqué nos vamos a resistir a satisfacer sus necesidades emocionales? Emociones presentes o pasadas, como pueden ser las de su nacimiento, que aún tiene que procesar. Atender el llanto significa satisfacer sus demandas, significa otorgarle seguridad, confianza, apoyo. La atención del llanto es el inicio de la escucha emocional a nuestros hijos, que debe acompañarnos en toda su crianza y educación. La escucha emocional es fundamental para asentar y desarrollar el imprescindible vínculo afectivo entre padres e hijos, base de un desarrollo psicoemocional en armonía.

La lactancia satisface tanto las necesidades de alimento nutriente como las de alimento afectivo. Es un acto de amor en que la madre entrega tanto su cuerpo (leche materna, piel a piel, mirada, caricias, olor, palabras suaves), como sus sentimientos (afecto, protección, amor). Siempre hay que apuntar, para las madres que no pueden dar lactancia, aún deseándolo, en general por un problema de entorno del parto que dificulta su inicio o por mal asesoramiento en las formas (de ahí el gran trabajo de las Asociaciones de Lactancia en el apoyo y asesoramiento a las madres), que también un biberón dado con amor, es un buen alimento afectivo. Eso sí, siempre debe priorizarse la lactancia, al fin y al cabo es la herramienta más perfecta que nos ofrece la naturaleza para alimentar, en todos los sentidos, a nuestros bebés (y además es gratis).

Uno de los factores que más dificulta la lactancia a demanda y prolongada, en la mujer que trabaja fuera de casa, es la incorporación al trabajo después del, a todas luces, insuficiente permiso por maternidad. Otro factor es el poco apoyo que, generalmente, encuentra la madre en los pediatras desconocedores del proceso de la lactancia, tanto en formas, como en el particular desarrollo del bebé lactante. Y por último la incomprensión social (familiares, amigos, entorno laboral y sociedad en general) que critican y “machacan” a las madres que optan por la lactancia a demanda y prolongada en el tiempo, igual que pasa con el colecho y con la atención del llanto. Cómo una madre practique el colecho, la lactancia y atienda el llanto de su bebé, tiene asegurados augurios nefastos que le garantizarán un hijo inseguro, dependiente de sus padres y desgraciado para el resto de su vida. Y mira por dónde la experiencia nos demuestra todo lo contrario. Un bebé, un niño, atendido en sus necesidades emocionales, es un niño, que en su proceso de desarrollo natural (no cuando a nosotros nos convenga) adquirirá seguridad. Seguridad que le permitirá abrirse al mundo con confianza e independencia. Es un niño que se sentirá amado y por lo tanto tendrá autoestima. Autoestima que le permitirá afrontar las dificultades en su camino. Es un niño que desarrollará una gran inteligencia emocional, definida como la capacidad de ser feliz, de no dejarse dominar por la adversidad, de elegir tu vida y establecer relaciones armoniosas con los demás. ¿Quién no desearía algo semejante para sus hijos? Pues es muy fácil, simplemente hay que amarlos (alimento afectivo) y que ellos lo sientan así.

Toda mujer y todo hombre han sido una vez niños y en la medida en que ese niño se sintió amado, así se ama ahora a sí mismo, a los demás, al Mundo y al Universo entero. Quien ama a un niño, siembra amor para el futuro.”

Enrique Blay

Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo - Terapeuta Psico-emocional, en

"ARA- Psicología / Psico-emocional" www.ara-terapia.com

Centro asociado a la Plataforma Pro Derechos del Nacimiento

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LA ESCUCHA EMOCIONAL


La dirección que debemos tomar madres y padres en la crianza y educación de nuestros hij@s (utilizo la palabra educación, aunque me gusta mucho más hablar de “acompañar a nuestros hij@s”), no debe perder nunca de vista el que debe ser nuestro principal objetivo: “Amar a nuestros hij@s y que ellos lo sientan así”. Pero una cosa son las palabras y otra los hechos. ¿Porqué es difícil llevar a la práctica este precepto de “amar a nuestros hijos y que ellos lo sientan así”? Básicamente, yo diría, porque amar a nuestros hijos, no es una cuestión de azar, algo con lo que uno tropieza si tiene suerte. Amar a nuestros hijos, igual que amar a otras personas o el amor en general, es un arte. Y todo arte necesita de intención, conocimiento y esfuerzo. Además ya iniciamos el aprendizaje de este arte en nuestra infancia, de nuestros padres. Un aprendizaje no consciente y que seguramente tiene cosas positivas, pero también, seguramente, cosas no tan positivas, que hay que reconocer y reconducir. En lo más profundo de nuestro ser tenemos adherido, oculto, nuestro Patrón familiar. Patrón familiar que de forma automática nos hace repetir algunas conductas con nuestros hij@s, que no son fruto de nuestra intuición, de nuestra sabiduría interior, de nuestro instinto amoroso. Siempre tenemos la facultad de tomar conciencia de él, romperlo y liberar nuestros propios sentimientos. Por último en los adultos prevalece la percepción racional, que para muchas cosas es valiosísima, pero cuando se trata del afecto, de los sentimientos, de las emociones, del amor, es más un obstáculo que una ayuda. Hemos de ser capaces de “elevarnos”, por encima de esa racionalidad, hasta la percepción emocional que prevalece en bebés y niñ@s. Lo que yo intento aportar es una perspectiva del arte de amar a nuestros hijos desde lo que ellos sienten y necesitan a nivel afectivo.

Para que un bebé o un niño se sientan amados necesitamos conocer cuales son sus necesidades afectivas y satisfacerlas. Esto requiere por nuestra parte estar muy atentos a lo que nos muestran nuestros hij@s, especialmente a través de sus expresiones y de su conducta. Cuando el bebé aún no habla su forma más directa de expresar sus necesidades es a través del llanto. Olvidemos esas absurdas ideas que dicen que un bebé llora “para fastidiar”, “por hábito”, “porque nos toma el pelo” y otras como que “si lo coges tanto lo vas a mal acostumbrar”, “déjalo que llore, es bueno para los pulmones”, o lo que es más patético: “Míralo, llora para que lo cojas, no saben nada. Ya se cansará”. ¡Pues claro que llora para que lo cojas! Lo está pidiendo a lágrima viva. ¿Porqué negarle esa necesidad de nuestra atención y afectividad? No olvidemos nunca que:

Siempre que un bebé llora, expresa una necesidad –física o emocional- que hay que satisfacer sin dilación.

Si estas necesidades emocionales que expresa el bebé no son satisfechas, algo se rompe en su interior. Se siente inseguro, desatendido,

Cuando el niño empieza a hablar, está aún muy lejos de poder expresar en palabras sus emociones. Emociones que él ni siquiera comprende en muchas ocasiones. Simplemente le estallan en su interior y las expresa con diferentes conductas. No olvidemos nunca que:

Siempre que un niño mantiene conductas, puntual o reiteradamente exageradas, hay una emoción detrás que hay que descubrir, acompañar y enseñarle a gestionar.

Hemos de ser muy empáticos con nuestros hij@s. Situarnos en su “piel”. Los bebés y niños, con su percepción emocional y subjetiva (interiorizada), todo lo procesan a través de los que sienten. Todo lo convierten en sentimientos, en emociones. Por lo tanto, también todas sus conductas y actitudes son expresión de sus sentimientos y emociones. Los adultos, con nuestra percepción racional, tendemos a “interpretar” esas conductas desde la lógica, la razón, el juicio y la causa-efecto. Situaciones como el negarse a comer, las rabietas, la agresividad, la desobediencia, el fracaso escolar, etc., se convierten en “mal comportamiento”, en algo que está en manos de ellos cambiar.

Y no es así. Estas situaciones esconden detrás emociones que hemos de descubrir, aceptar y mostrarles, con nuestra actitud, cómo darles una salida adecuada.

La “Escucha Emocional” es la herramienta más útil y efectiva para tratar los conflictos emocionales de los niños. Al niño sus emociones le “estallan” en su interior. Aún no saben comprenderlas, controlarlas y gestionarlas. Es indispensable que madres y padres permitamos sus expresiones emocionales, las acompañemos y les mostremos cómo afrontarlas. No podemos ignorarlas, ni negativizarlas (“no hay para tanto”, “ya se te pasará”, “bueno, no te preocupes vamos a jugar”, “te pones insoportable”, “deja de llorar, no te va a servir de nada”, etc.), y mucho menos castigarlos (“vete sólo a tú cuarto hasta que se te pase”, “si no dejas de estar enfadado no iremos al parque”, etc.), y jamás pegarles (ni siquiera bajo la absurda idea de que “una torta de vez en cuando les va bien”).

Toda emoción tiene un significado, una intención. Las descargas emocionales permiten al niño expresar lo que siente, liberarse de las consecuencias de experiencias dolorosas, hacernos llegar sus necesidades. Expresar emociones es curativo. Lo que los niños no saben aún es gestionarlas y menos aún prever sus consecuencias en los demás.

La represión de las emociones, el no acompañarlas o el no mostrarles cómo afrontarlas, es nocivo. Arrastra al niño a toda clase de procesos defensivos, de repeticiones dolorosas, de compulsiones y de síntomas físicos. Provoca en el niño incertidumbre; sentimientos de incomprensión, de separación; de no sentirse valorado; de ser “malo” y por lo tanto rechazado; en pocas palabras: no se siente amado.

Para la práctica de la Escucha Emocional hemos de hacer un gran esfuerzo. Sobre todo porque, seguramente, no la practicaron con nosotros cuando éramos niños. No tenemos referencias de cómo llevarla a cabo. Más bien al contrario. En la educación tradicional es común el uso de la autoridad, del poder de los adultos sobre los niños. Tenemos profundamente arraigadas ideas en este sentido: “Los niños han de obedecer sin rechistar”, “Han de adaptarse siempre a los horarios y ritmos de los adultos”, “Hay que ponerles normas y no permitir nunca que se las salten”, “El adulto siempre manda sobre el niño”, “Tiene que comer lo que se le pone en la mesa”, “Ha de dejar los pañales porque ya es mayor”, “Nunca deben dormir en la cama de los padres”, “No es conveniente la lactancia más allá de los seis meses”, “El castigo es bueno para su educación”, “Una torta de vez en cuando también lo es”, “Los niños son unos caprichosos”, etc.

Hay quién confunde el no usar la autoridad con “dejarles hacer lo que les de la gana” y eso demuestra que no entienden nada de lo que supone la Escucha Emocional. La represión emocional se puede practicar por activa o por pasiva. Por activa a través de la autoridad. Por pasiva a través de la permisividad. Es tan erróneo usar “el mando y ordeno” como el “no pasa nada”. Las dos actitudes no utilizan la Escucha Emocional, que implica indagar en los sentimientos del niño.

Delante de conductas o comportamientos intensos de los niños, podemos hacernos siempre tres preguntas, que nos ayudarán a la práctica de la Escucha Emocional y a resolver los conflictos que se nos presenten:

1- ¿Qué siente?

2- ¿Qué nos quiere decir?

3- ¿Qué quiero transmitirle?

1- ¿Qué siente?

Siente lo que él siente. Percibe sus sentimientos. No escucharles o banalizar lo que nos dicen encierran al niñ@ en su interior. Hemos de esforzarnos en participar de sus sentimientos. El niñ@ tiene que aprender a reconocer sus emociones, en muchas ocasiones incomprensibles para él, que le inquietan y le alteran. Tampoco sabe aún definirlas, expresarlas adecuadamente. Espera de nosotros el reconocimiento de lo que siente. Escucha siempre sus emociones con prioridad y tómatelas en serio. No le preguntes “porqué” llora. Intentará darte una explicación racional, a veces alejada de su dificultad. Es mejor que le acompañes en lo que experimenta y le preguntes: “¿Qué pasa?” o “¿Qué te pone tan triste?”, o incluso “¿De qué tienes miedo”?

2- ¿Qué nos quiere decir?

Cuando los niños crecen, a partir de los dos años van adquiriendo capacidad de expresión a través del lenguaje, pero aún están muy lejos de poder utilizar las palabras para explicar sus sentimientos. Debemos “leerlos” detrás de sus comportamientos y actitudes. Toda expresión emocional tiene un significado, una intención. Si un niño coge una rabieta, su cólera será el síntoma de alguna emoción que le altera. A lo mejor le angustia ir al “cole”, a lo mejor se ha peleado con otro niño o le han reñido, a lo mejor está muy cansado, a lo mejor hecha de menos a su papá, a lo mejor siente celos de su hermanito, a lo mejor… Para él, nuestras reacciones tienen más significado que nuestras palabras. Escuchar, acoger y otorgar validez a los sentimientos de nuestros hijos significa ayudarles a construirse como personas, como individuos emocionalmente equilibrados. Les otorgamos seguridad y autoestima, sólidos cimientos para afrontar sus nuevas experiencias, desarrollarse en armonía y ser felices.

3- ¿Qué quiero transmitirle?

Nuestras reacciones frente a las reacciones de nuestros niños condicionarán sus creencias en sí mismos. Dejar expresar sus emociones y escucharlas. Pero también enseñarles a gestionarlas. Nuestra reacción es su ejemplo. Nuestra forma de actuar será la suya. Nuestros hijos nos escuchan y nos observan. Cada uno de nuestros actos, no sólo hacia él, sino hacia toda persona y situación, le envía un mensaje.

Con frecuencia reaccionamos de forma automática, y haríamos bien en preguntarnos más a menudo lo siguiente: “¿Porqué? ¿Qué me impulsa a decir sí o no a las demandas de mis hijos? ¿Qué es lo que dicta mi actitud?

Un temor frecuente de los padres cuando escuchan una demanda original de su hij@ es que ésta se convierta en un “capricho”. Los caprichos son inventos de los padres. Surgen cuando los padres se embrollan en los juegos de poder. Los juegos de poder los comienzan los padres y no los hij@s. La prueba es que a veces se dice que un bebé puede llegar a dominarte si te dejas someter por él. En realidad el niñ@ depende totalmente de ti y, como es obvio, no tiene capacidad mental para someterte.

¿Tus comportamientos los dictan tu educación, los automatismos cuyo origen desconoces, la evidencia? ¿O la razón? En este caso entiendo por razón no los prejuicios de tus padres o de tu médico de familia, sino tu razonamiento en base a informaciones fiables.

Los bebés y los niñ@s son semillas que contienen todos los ingredietes necesarios para desarrollarse en armonía y ser felices.

Somos los adultos los especialistas en impedirlo.

Enrique Blay


Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

"ARA- Psicología / Psico-emocional" www.ara-terapia.com

Centro asociado a la Plataforma Pro Derechos del Nacimiento

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miércoles, julio 26, 2006

¿PORQUÉ ES IMPORTANTE PARA EL BEBÉ SU GESTACIÓN Y NACIMIENTO?

Las respuestas serán múltiples y variadas pero se podrían separar en dos grandes grupos. Uno, el que englobaría respuestas desde una perspectiva fisiológica: “Porque durante la gestación se desarrolla su cuerpo y durante el nacimiento hay diversos riesgos posibles”. Otro, el que reuniría respuestas desde un punto de vista perceptivo: “Porque todo lo que siente el bebé, tanto durante el embarazo como en el nacimiento, marcarán su forma de ser futura”.
De la respuesta del primer grupo nadie duda. Cualquier pequeña desviación en el fantástico proceso de multiplicación celular, que se inicia desde el momento de la concepción hasta concluir en el cuerpo del bebé antes de nacer, tendrá consecuencias en la construcción de su cuerpo. La medicina conoce, paso a paso, ese proceso. Sabemos, en cada momento de la vida del bebé intrauterino, las fases de desarrollo físico que se suceden, cómo se van formando, desde la unión de óvulo y espermatozoide, tejidos, órganos, huesos, músculos, etc. Conocemos los nutrientes que el bebé necesita para su desarrollo equilibrado, se controla su crecimiento, se comprueba el ritmo de su corazón, se observa su cuerpo. Se hace lo posible para vigilar su normal desarrollo.
De la respuesta del segundo grupo muchos dudan o lo ven exagerado porque entienden que el bebé, durante el embarazo, el nacimiento e incluso los primeros años de vida no tiene capacidades de percepción suficientes para que el entorno le influya, para bien o para mal. Al fin y al cabo de estas épocas ni nos acordamos y aún suponiendo que el bebé “sienta” algo, es de una forma instintiva, primaria. Ante estos argumentos los que defendemos lo contrario acostumbramos (yo por lo menos) a quedarnos “pasmaos”. Podemos comprender que les falta información, pero lo que más cuesta es aceptar la falta de sensibilidad al tomar al bebé como una especie de tumor benigno que va creciendo dentro de la madre y que al cabo de más o menos nueve meses va a ser expulsado con mayor o menor esfuerzo. Y esa falta de sensibilidad choca más aún cuando la observas en mujeres que han pasado por la experiencia de tener un hij@ o en profesionales de la salud que son, se supone, los que más conocimiento y sensibilidad deberían tener.

Información y Sensibilidad

La cuestión es: ¿Qué información se puede ofrecer para que, al menos a nivel racional, se acepte la importancia de la gestación y nacimiento en el desarrollo psicoemocional del bebé? La sensibilidad ya es otro cantar, pero puede llegar desde el momento que se acepta racionalmente esta cuestión o en todo caso permite comprender y respetar a los que así opinan. La información que yo propongo es la referida a lo que siente el bebé, cómo lo siente y qué consecuencias tiene para él ahora y el resto de su vida. Información basada en las investigaciones de Joaquín Grau sobre los estados de conciencia en el ser humano, desde la concepción hasta la edad de adulto, que nos muestran, en concreto, cómo y qué siente un bebé; cuáles son las consecuencias de sus experiencias intrauterinas, de nacimiento y de su primera infancia.
Información basada en la experiencia clínica con pacientes con los que se trabaja con la Terapia Psico-emocional "ARA", de la psicóloga Ángela Suárez. Terapia que, entre otras técnicas, utiliza la regresión a las épocas de gestación y nacimiento, en que la persona vivencia –ve y siente- los hechos acontecidos en estas épocas. Esto representa escuchar, de viva voz, el relato de lo que, como bebé, se ha percibido, de lo que le ha gratificado o de lo que le ha dañado.
Se puede alegar que estos relatos son fruto de la imaginación, inventados. Para nosotros es incuestionable la veracidad de estas vivencias. A lo largo de estos años hemos visto como los relatos de los pacientes se han comprobado con las versiones de las madres. Por ejemplo, una paciente relataba, en el momento de nacer y en las horas siguientes, que veía personas sin boca que le asustaban, sólo veía rostros con ojos. Preguntado a su madre, ésta cuenta que debido a algún problema infeccioso, todas las personas presentes llevaban una mascarilla, tipo cirujano, que les tapaba boca y nariz.
Durante la gestación también se producen estas vivenciaciones, dándose un fenómeno que aún no sabemos explicar cómo se produce y que Joaquín Grau bautizó como “Percepción extrauterina”. Es la capacidad que tiene el bebé de focalizar su conciencia fuera del útero y “ver” el entorno de su madre. Por ejemplo, una paciente vivencia cómo yendo su madre en coche, a mitad del embarazo, casi sufren un accidente. La paciente ve quiénes iban en el coche, quién conducía y cómo pegan un frenazo, saliéndose de la calzada, al arcén. Comprobada la historia con su madre, esta casi no lo recuerda, hasta que junto al padre acaban trayendo a su memoria este hecho, tal como lo relató su hija y ratificando que conducía el padre y detrás iban un hermanito y la abuela.
Incluso este fenómeno se da desde el inicio del embarazo. Por ejemplo, un paciente, situado en el momento en que su madre se sabe embarazada, relata que su madre está muy triste, llorando. Ve a su madre con su abuela (madre de su madre) y cómo ésta la está gritando muy enfadada. Interrogada la madre posteriormente sobre este hecho, confiesa que a la abuela le sentó fatal que volviera a estar embarazada de su segundo hijo, un año después del primero y tuvo (la madre) un disgusto que le duró varios días. Lógicamente se quedó asombrada de que su hijo le preguntara sobre esta cuestión que tenía completamente olvidada.
Y así podría dar más y más ejemplos que no nos dejan la más mínima duda de la realidad de estas vivenciaciones. De esta manera hemos observado “in situ” qué siente un bebé dentro de su madre, qué siente en el proceso de nacimiento, cuando nace, las horas y días posteriores. Es enternecedor palpar los sentimientos que expresan “los bebés”, su necesidad de afecto, de protección, de comunicación, de percepción emocional, lo sensibles, lo delicados que son. ¡Angelitos! Y recordemos que todos lo hemos sido, aunque lo hayamos olvidado, enterrado en lo más profundo de nuestro ser.

Ritmos Cerebrales y Estados de Conciencia

Las investigaciones de Joaquín Grau parten de lo que nos muestra una máquina, el encefalograma, que mide los impulsos eléctricos cerebrales, llamados Ritmos cerebrales, en Hertzios. Los Ritmos cerebrales se dividen en grupos o bandas, en base al estado perceptivo que implican, según el cuadro adjunto:

A partir de los 0 Hertzios, en que se considera que una persona ha fallecido, encontramos una primera banda, hasta los 4 Hz., cuya característica principal es la amnesia, el no recordar lo acontecido en ese estado. El siguiente grupo es el de los ritmos Theta, de 4 a 8 Hz. caracterizados por la emotividad y la creatividad. A continuación encontramos los ritmos Alfa, de 8 a 14 Hz., que implican un estado de paz, de tranquilidad. Por último los ritmos Beta, de más de 14 Hz., los ritmos de la actividad física y mental.
Los tres primeros grupos –Delta, Theta y Alfa- se denominan ritmos de baja o lenta frecuencia y el grupo de ritmos Beta recoge los de alta o rápida frecuencia. Esta diferenciación en dos grandes bandas obedece a que los ritmos de baja frecuencia implican una “percepción subjetiva” –interiorizada, focalizada hacia nuestro interior- y los de alta frecuencia implican una “percepción objetiva” –hacia el exterior, hacia el entorno-. Todos estos Ritmos y sus correspondientes estados de conciencia los experimentamos en nuestra vida cotidiana. Veamos un ejemplo:
Imagínate que vas al cine. Cuando llegas lo haces en ritmos Beta, en plena actividad física y mental. Compras las entradas, piensas en comprar palomitas y bebida, entras en la sala y buscas el asiento que te parece mejor. Te sientas e inmediatamente tú cuerpo se acomoda y reposa. Observas las personas que entran, te vienen y van diversos pensamientos, problemas que has tenido hoy en el trabajo, mañana has de llamar a tus padres, no te queda queso en la nevera.......las luces del cine se apagan. Te concentras en la pantalla, los diversos pensamientos van desapareciendo, entras en ritmos Alfa, de reposo físico y de tranquilidad mental. La película sigue su curso y tú estás cada vez más focalizado en las imágenes mostradas. Llegas a ritmos Theta y si la película lo merece, te emocionas –lloras, sientes pena, rabia, miedo, romántico, te pones sensible y sueltas unas lagrimitas (por suerte nadie te ve, está oscuro)-, estás en el mundo de la emotividad. Si la película fuera realmente mala, pasarías rápidamente de los ritmos Theta a los Delta y te dormirías. Lógicamente, al encenderse las luces y despertar de tú reparador sueño, no recordarías nada de lo sucedido en la aburrida película desde el momento en que cerraste los ojos.

Los dos cerebros enfrentados

La percepción subjetiva se relaciona con el Hemisferio Cerebral Derecho (HCD) y la percepción objetiva lo hace con el Hemisferio Cerebral Izquierdo (HCI). Estos dos hemisferios dividen el neocortex (parte superior del cerebro) en dos, unidos entre sí por el cuerpo calloso. Asimismo el HCD se relaciona con el cerebro límbico. El cerebro, en su estructura, se divide en “tres cerebros” superpuestos, empezando por el reptiliano, seguido del límbico –mamífero- y el neocortex –primates, ser humano-, que por este orden, además, siguen la filogenia de las especies en su desarrollo evolutivo.
Tenemos pues dos hemisferios cerebrales completamente opuestos es sus formas de percepción (subjetiva – objetiva). Algunas de las características principales que más me interesa destacar son:

Un ejemplo de lo que suponen estas formas polarizadas de percepción. Imaginémonos que el HCI va a un concierto de música clásica, él solito. Observará el recinto, fijándose en su estructura, los materiales, los colores. De la orquesta contará cuantos instrumentos diferentes hay, cuantos músicos, cómo se distribuyen y al empezar a sonar la música analizará los ritmos, la entrada y salida de los instrumentos, los relacionará con los movimientos del director de la orquesta. Ahora imaginémonos que es el HCD el que entra en la sala. Se abrirá a las sensaciones de este espacio, que le pueden inspirar grandeza, paz, espiritualidad. Los músicos y sus instrumentos le crean expectación, se deja llevar por las sensaciones que le surgen. Cuando la música empieza, vibra con sus notas, afloran las emociones.
Quedémonos con el concepto básico de que el HCI es racional y el HCD es emocional.

Etapas de los estados de percepción

Al ser concebidos (unión del óvulo y el espermatozoide) podríamos decir que pasamos de no existir (0 Hertzios) a existir como individuo único y diferenciado. A partir de ese momento vamos a ir adquiriendo paulatinamente la capacidad de alcanzar ritmos cerebrales, de menor a mayor frecuencia, es decir desde los ritmos Delta hasta los de más elevada frecuencia, Beta.
Durante la gestación, nacimiento y dos primeros años de vida prevalecen los ritmos Theta (emotividad) y es a partir de esta edad (época preverbal) cuando se inicia la conquista de los ritmos de alta frecuencia Beta (racionalidad), que llegan a prevalecer a partir de los 12 / 14 años aproximadamente y que así continuará siendo el resto de nuestra vida.
Resumiendo y simplificando, desde el nacimiento hasta los 12 / 14 años de edad prevalece la Percepción Emocional –subjetiva- (Hemisferio Cerebral Derecho) y a partir de este momento la Percepción Racional –objetiva- (Hemisferio Cerebral Izquierdo).
Es este un concepto fundamental para la comprensión de la forma en que el bebé -en el útero y en su nacimiento- y el niño “sienten”. Para la comprensión de cómo percibe, procesa y almacena la información. Para la comprensión de lo que el bebé y el niño necesita para su equilibrio y armonía.

Surge una nueva pregunta: Siendo esto así, ¿Qué importancia tienen la gestación, el nacimiento, los primeros años de vida, si tan siquiera nos acordamos de lo acontecido en estas etapas?

El fenómeno de la “Analogía”

No sólo tienen importancia, sino que son FUNDAMENTALES para la historia personal de cada ser humano. Tal como ya escribió S. T. Coleridge en 1.840: “La historia de los nueve meses anteriores al nacimiento es, probablemente mucho más interesante y contiene acontecimientos más trascendentales que los setenta años siguientes”. Ahora ya podemos eliminar el “probablemente” y añadir el nacimiento y primeros años de vida como claves en la vida de las personas.
“Analogía” significa “relación de semejanza entre dos cosas parecidas”. Un ejemplo de percepción analógica es aquella que se produce cuando, al oler a incienso, nos vienen imágenes de nuestro viaje a la India o cuando escuchamos una determinada canción y en nuestra mente aparecen imágenes de aquél primer baile romántico. El proceso es automático, no consciente. De igual manera sucede con los impactos emocionales traumáticos que quedan almacenados junto a las circunstancias que lo rodean. Son cargas de profundidad con retardo, ocultas a nuestra mente consciente, dispuestas a estallar en situaciones “análogas”, semejantes, a lo largo de nuestra vida.
El bebé, por su percepción altamente emocional, está abierto a todos los impactos emocionales, gratificantes o traumáticos, sobre todo a los que provienen de su madre con la que mantiene una simbiosis total, especialmente durante la gestación, nacimiento y primeros años de vida. Sus experiencias van conformando su “verdad sentida”, el guión de sus respuestas a los hechos concretos que vivencia.
Se va construyendo una “Biografía Oculta” que podemos representar como una línea con subidas y bajadas, dependiendo de la intensidad de los impactos. En el siguiente gráfico se representa el “estallido”, como síntoma, de una de esas cargas de profundidad emocionalmente traumática. Estallido producido, ya de adulto, por una situación actual análoga (parecida o semejante) a la que produjo el impacto emocional traumático durante la gestación, nacimiento o infancia.

Impactos Emocionales

¿Cuáles pueden ser esos impactos emocionales traumáticos, capaces de ser la raíz de lo que de adultos nos desarmoniza o enferma?
En nuestra práctica clínica con la Terapia PsicoEmocional hemos comprobado que el primer impacto emocional significativo que recibe el bebé intrauterino se puede producir en el momento en que la madre se sabe embarazada. Momento que inicia la comunicación consciente, firme, segura, de la madre hacia su bebé. Esta primera comunicación puede ser positiva –aceptación, alegría- o negativa –rechazo, tristeza-.
Pongamos un ejemplo: Una mujer acaba de confirmar su embarazo. Ya tiene tres hijos y no deseaba más. La relación con su pareja atraviesa un momento crítico. No hace falta mucha imaginación para saber lo que pasa por su mente: angustia, fastidio, rechazo, miedo, e incluso se plantea el aborto. Todos estos sentimientos llegan al bebé que debido a su percepción subjetiva –interiorizada-, los globaliza haciéndolos propios. Es rechazo a sí mismo, sentimientos que no tiene capacidad de racionalizar –enjuiciar, rechazar, exteriorizar-: “Ah!, bueno, no pasa nada, es que mi mamá tiene muchos problemas, no es nada personal contra mi”. Bien al contrario, esos sentimientos, son absorbidos por sus células, su sistema nervioso, su mente, su cuerpo todo, haciéndolos suyos. Supongamos que la madre decide seguir adelante con el embarazo. Un embarazo lleno de desamor, tristeza, soledad, que van alimentando en el bebé el sentimiento inicial de rechazo.
Llega el nacimiento. Es cesárea, el bebé es sacado del vientre de su madre, separado de ella, cortado el cordón umbilical inmediatamente, manipulado por manos extrañas y abandonado en una cuna. La lactancia ni por casualidad. El abandono, el miedo, la soledad, se unen al rechazo sentido durante la gestación, quedando unidos a la separación física de su madre, de la persona que más necesita.
Como además es el cuarto hijo, no veas el panorama que le espera, al que tiene que enfrentarse durante la infancia. Se siente el último mono, sus padres bastante tienen con el día a día de sus problemas de pareja.
Su sentimiento de soledad, de abandono, es como una bolita de nieve que a lo largo de la gestación, nacimiento e infancia se ha convertido en una bola enorme, pesada, esa carga de profundidad dolorosa enterrada, oculta, dentro de él.
La naturaleza es sabia y así como nos dota de mecanismos para paliar o soportar el dolor físico, así también dota al niño de mecanismos de supervivencia, como por ejemplo la negación de lo que siente, el bloqueo emocional, las compensaciones. El niño no puede descargar sus conflictos sobre sus padres ¿cómo hacerlo? si son “Dios” para él. Son los que le han dado la vida, los que le alimentan, le sustentan, le protegen, lo cuidan. Sin ellos moriría. “No es que mis padres no me quieran, soy yo, que soy malo, soy yo el travieso, el nervioso, el pesado, el que molesta”. El niño “traga” todos sus sentimientos, tapa todos esos conflictos, los esconde de su conciencia y tira para delante.
La vida sigue y el niño se convierte en adulto. Tiene novia a la que quiere profundamente, se siente el hombre más feliz del mundo. Un día ella le dice que quiere dejar la relación, que ha encontrado otra pareja. ¿Os suena? Separación, abandono, desamor, rechazo. Palabras que componen una de sus cargas emocionales traumáticas más dolorosas en su Biografía Oculta y que, por analogía, estalla, sacando a flote todo ese sufrimiento acumulado, sumiéndole en una depresión terrible, en un rechazo a sí mismo (recordemos la gestación) incapaz de asumir. Decide suicidarse.
Este ejemplo puede parecer extremo y dramatizado pero tiene componentes contrastados en muchos pacientes tratados con la Terapia Psico-Emocional.
Hay que tener en cuenta que un impacto emocional traumático tendrá más o menos consecuencias en base a dos factores:

1- La intensidad del impacto.

2- Su continuidad en el tiempo.

De una u otra manera formarán parte de esa Verdad Sentida, de esa Biografía Oculta, que construye los cimientos de nuestro desarrollo psicoemocional, de nuestra más íntima y profunda forma de ser, de los desequilibrios o desarmonías de adultos.
Todas estas investigaciones, teorías y experiencias clínicas, tienen, lógicamente, además de su uso terapéutico, su aplicación práctica en el estudio, en la comprensión, en el replanteamiento de formas y pautas de actuación de las etapas de gestación, nacimiento y primer año de vida. (También para la educación infantil que dejaré para otra ocasión)

La Gestación

Lo que siente la madre, lo siente su bebé. Y ya hemos visto cómo lo siente, cómo lo procesa, cómo le afecta ahora y en el futuro. ¿Qué podemos hacer para que este bebé se sienta feliz, aceptado, protegido, deseado, amado?
En primer lugar, la madre, debe procurar estar el mayor tiempo posible en un estado de tranquilidad, de paz, de relajación. En segundo lugar mantener una comunicación intensa, constante, con su bebé a través de sus pensamientos, de sus manos en el vientre. Para ello es una gran herramienta la relajación y la visualización. Cuando entramos en relajación profunda, ritmos Theta, alcanzamos la percepción emocional, que es la percepción en que se encuentra el bebé. Es como si fuéramos moviendo el dial de una radio hasta encontrar la frecuencia de la emisora que deseamos escuchar. Sintonizamos con nuestro bebé y se produce una increíble comunicación entre madre y bebé y viceversa. Este trabajo, a lo largo de la gestación, con las madres embarazadas, superó todas mis expectativas y las madres disfrutan de una experiencia única, llena de sensibilidad y emociones. Es el inicio de un vínculo afectivo sólido e imperecedero. En el estado de relajación se utilizan visualizaciones, incluidas algunas que preparan el nacimiento tanto para el bebé como para la madre.
Tener un hijo es la más maravillosa de las experiencias y vale la pena vivirla en toda su intensidad, con todos nuestros sentidos abiertos, con toda su carga emocional, ya desde la gestación.
En las regresiones de los pacientes, a través de la Terpia PsicoEmocional, a su propia gestación, se ha hecho patente la necesidad del bebé de “sentir” a su madre, de recibir sus pensamientos, de absorber su cariño, su afecto, su protección, su amor. Ello permite al bebé sentirse feliz, tranquilo, alegre, seguro. Por el contrario, sentir rechazo, tristeza, estrés o peor aún, indiferencia, le inquieta, le reprime, le tensa, le entristece. Es clara la implicación en el desarrollo psicoemocional del bebé en un caso u otro. La Biografía Oculta del bebé se va escribiendo con Impactos Emocionales Gratificantes o Traumáticos y ya hemos visto lo que esto supone.
Debería replantearse, considerando lo anterior, todo lo referente al entorno laboral de la mujer embarazada. Hoy en día no sólo no se le apoya sino que en muchas ocasiones se le discrimina. Falta comprensión de lo que supone la gestación para la madre, sus cambios fisiológicos, su mayor sensibilidad, su necesidad de tranquilidad, de sentirse respetada, apoyada en el proceso. Muchas mujeres embarazadas sufren de estrés durante su embarazo porque se les exige la misma dedicación o esfuerzo, o incluso más, que si no lo estuvieran. Hay suficientes estudios que demuestran el efecto negativo del estrés sobre el desarrollo del bebé. El riesgo de que los bebés cuyas madres han sufrido estrés durante el embarazo sean hiperactivos, tengan problemas de motricidad y déficit de atención es mucho mayor que en caso de bebés de madres no estresadas.
Los sentimientos y los estados de ánimo de las madres están vinculados a hormonas y neurotransmisores que viajan por el torrente sanguíneo y, a través de la placenta, llegan al cerebro en desarrollo del futuro bebé. Una exposición prolongada a las hormonas del estrés, incluidas la adrenalina y el cortisol, enseñan al cerebro en desarrollo a reaccionar según la modalidad de “huida o combate” a lo largo de toda la vida, aunque sea inadecuado. Por otra parte el empeño de la madre en el amor y la alegría, inunda ese mismo cerebro en desarrollo con endorfinas y neurohormonas “positivas”, por ejemplo la oxitocina, que favorece una sensación sostenida de bienestar.
Las emociones e incluso los pensamientos de una madre afectan directamente la “configuración” de la mente.

El papel del padre durante la gestación

El padre puede y debe ser más que un mero espectador en el embarazo de su pareja. Tiene dos funciones importantes. La primera, sabiendo que la madre necesita de un estado emocional equilibrado, debe hacer lo posible por que su pareja se sienta querida, acompañada, comprendida, apoyada, en su proceso de embarazo. La segunda, el inicio del vínculo afectivo con su hijo, poniendo sus manos en el vientre de la madre, hablándole, cantándole, jugando con él. En la Terapia PsicoEmocional, durante la vivenciación de la gestación por parte de los pacientes, uno de los momentos más gratificantes es cuando sienten las manos del padre en el vientre de su madre, escuchan su voz, perciben su cariño. Se ha comprobado que si el padre ha entablado esta relación con su hijo durante la gestación, el bebé nacido reconoce su voz entre la de otros hombres, reacciona con placer en sus brazos, se siente tranquilo con él. Por su parte, el padre, demuestra un instinto paterno afectivo muy superior a otros, que hasta ese momento, al tener en brazos a su hijo por primera vez, no habían tomado conciencia real de su paternidad.

El nacimiento

A nivel fisiológico el nacimiento es un proceso complejo que exige el máximo de los cuerpos del bebé y de la madre. El Dr. Michel Odent demuestra la importancia del estado mental y emocional de la madre para el funcionamiento adecuado de los mecanismos que la naturaleza tiene previstos para el acto de dar a luz. Su implicación en el aprovechamiento del cóctel de hormonas que se generan, entre las que destacan las endorfinas –morfina endógena, que producen madre y bebé- y la oxitocina –genera contracciones del útero, induce el amor maternal-, que sólo podrá segregarse si no se produce adrenalina, al ser antagonistas. La adrenalina se produce ante una situación de peligro, de miedo, de inseguridad y ello nos da pistas para pensar qué aspectos debemos cuidar en el entorno del nacimiento. El Dr. Michel Odent aboga por un parto que hay que “mamiferar” en el sentido de respetar el proceso instintivo, natural, del nacimiento, a través de la intimidad, la seguridad, la temperatura adecuada, el lenguaje utilizado con precaución, la penumbra.
Desde la perspectiva del bebé, su nacimiento es un hecho de alta carga emocional. Abandona el cálido y protector útero para surgir a un mundo desconocido a través de un camino largo y lleno de obstáculos, que implicará también la independencia vital respecto a su madre, que le ha facilitado, a través del cordón umbilical, todos los nutrientes y el oxígeno necesario para la vida.
Los pacientes, al vivenciar su propio nacimiento inciden más en sus sentimientos que en cuestiones físicas como el dolor, y menos aún como sufrimiento. Da la sensación de que todos están protegidos contra él (gracias a las endorfinas). Sí que aparecen miedos: a la oscuridad, a la inmovilización en un espacio cerrado y estrecho, a la soledad, que se han demostrado la raíz de muchas fobias posteriores. Se han dado también casos de experiencias cercanas a la muerte. En todos los casos, sin excepción, los bebés perciben lo que está ocurriendo con su madre, lo que siente, lo que piensa. Todos “agradecen” los esfuerzos de la madre por ayudarles en su camino hacia el exterior.
En los pacientes de mayor edad, que nacieron cuando se utilizaba la anestesia total, es dramática la percepción que tienen de que su madre ha desaparecido, ha muerto.
En los casos de cesárea, el bebé se sorprende de lo que está sucediendo, se asusta, no comprende esa separación de su madre tan rápida y violenta.
Una paciente relataba cómo veía un cuchillo abriendo el vientre de su madre, llena de terror intenta huir, acurrucarse. Me contó posteriormente que siempre ha tenido pánico a los cuchillos. Como además su madre estaba anestesiada, la sintió muerta. Una consecuencia de esto fue un enganche emocional con su madre, todavía con toda su energía treinta años después, ya que para ella separación de la madre era igual a muerte.
Al nacer el bebé es cogido por unas manos enormes, desconocidas, hay gritos, ruido, luces cegadoras, le cortan el cordón umbilical antes de que deje de latir por lo que se asfixia y tiene que esforzarse al límite para poder limpiar sus pulmones y poder inhalar ese aire salvador, pasa de unas manos a otras, se le manipula lavándole, pinchándole, pesándole, midiéndolo. Esto corresponde a un típico parto clínico, claro está. ¡Vaya recibimiento!
Imaginaros que en este momento os cojo del brazo, os llevo a un aeropuerto y os embarco en un avión rumbo a un país desconocido en donde vivirás a partir de ahora. El avión aterriza y bajas por su escalerilla. Hay una multitud de personas que empiezan a gritarte, a zarandearte agresivamente. Nadie te ayuda. No conoces a nadie. Estas solo e indefenso. Ahora supón que al bajar las escalerillas del avión la gente te recibe con sonrisas, abrazos, flores, hasta una banda de música toca en tu honor. ¡Sorpresa! Están todos tus seres queridos esperándote, llenos de felicidad por recibirte.
Pregunta: ¿Cómo te sentirás viviendo en este país en el primer caso? Pues ya ves, asustado, triste, compungido, agarrotado. Ya pueden cambiar las cosas con el tiempo, pero esto no lo olvidarás nunca. Los miedos, la desconfianza, la rabia o incluso el odio (sobre todo hacia mí que te he metido en ese avión) te acompañarán para siempre.
En el segundo caso, todo lo contrario. Feliz, encantado, confiado. Te sentirás a gusto, valiente, con ganas de vivir. Hasta me invitarás para que vaya a verte algún día.
Lo mismo pasa con el bebé y su nacimiento. Aterriza en un mundo desconocido (¡vaya aterrizaje en algunos casos!) y de lo que en ese momento sienta, perciba, vivencie, van a depender muchas de sus características personales de enfrentarse a la vida.
La vivenciación de los nacimientos en casa (cosa común entre los pacientes de mayor edad) nos muestra cómo el bebé se complace al ser puesto junto a su madre, al cruzar la primera mirada, llena de ternura. El bebé “lee” esa mirada, identifica su sentido de alegría, de amor. Es la mejor de las bienvenidas. Y también lo contrario, tal como relataba un paciente al descubrir en los ojos de su madre la decepción por ser varón. Ella ya tenía tres y quería una niña.
El bebé siente el olor, el calor, los latidos del corazón, sobre el cuerpo de su madre. Empieza a respirar tranquilamente, sin ahogos. Ni siquiera nota el corte del cordón umbilical, que ha dejado de latir. Se siente feliz, está junto a su mamá.
También es capaz de acercar su boquita al pezón de ese cálido pecho y empezar a mamar. ¡Aquí sí que se está gusto!
Hay que tener cuidado hasta con lo que se dice en este momento. Comentarios del estilo: ¡Qué feo es, o qué cabezón o lástima que no sea un niño…! Son captados por él y no ayudan a que se sienta bien recibido.

¿Qué es un buen parto?

Para contestar a esta pregunta no hay que tomar como referencia la “forma” en que se desarrolla el parto. Hay que tomar como referencia cómo lo ha vivenciado la madre y por resonancia con ella, cómo lo ha vivenciado el bebé.
La forma es importante. No cabe duda que es mejor siempre plantear un parto natural (mamífero) que una cesárea programada o un parto hospitalario clásico en que un buen parto es un parto rápido, con todo lo que supone de falta de intimidad, medicación, inmovilización y montaje tecnológico entre otras cosas. Pero como sabemos que las percepciones del bebé tienen como base principal las de la madre, puede ser mejor para una madre llena de miedos, obsesionada con no “sufrir”, una cesárea. Con ello no quiero juzgar esa decisión sino pensar en lo mejor para el bebé en este caso, en que el problema sería más la desinformación, la preparación previa y la manipulación que le han llevado a esa opción, que el hecho en sí.
También puede ser obligada una cesárea en casos de peligro para la vida del bebé o de la madre, aunque desde luego no en tantas ocasiones como nos quieren hacer creer, pudiendo tomar como referencia las recomendaciones de la OMS.
¿Qué puede hacerse si no hay más remedio que efectuar la cesárea? ¿Supondrá un daño psicológico irreparable para el bebé? Desde luego que no. Sobre todo si la madre, informada y consciente de la capacidad de comunicación que tiene con su bebé, está en contacto mental y emocional continuo con él -permitiéndolo así la epidural, en que la madre mantiene la conciencia-, transmitiéndole tranquilidad, explicándole lo que sucede (sí, habéis leído bien, explicándole lo que en cada momento está sucediendo. Los bebés son capaces de percibir y entender más de lo que podemos imaginar). Si añadimos el no cortar el cordón umbilical hasta que deje de latir, el colocar al bebé en el pecho de su madre (se puede hacer aunque sea cesárea), no interrumpir el contacto madre-bebé si no es imprescindible y el menor tiempo posible (y ahí está el padre para cogerlo en este caso), el iniciar la lactancia…será el mejor de los nacimientos.
Creo en el eslogan reivindicativo: “El parto es nuestro, que nos lo devuelvan”. El mejor parto para la mujer es el mejor parto también para el bebé y es la mujer, suficientemente informada, la que debe decidir cómo dar a Luz. No se puede manipular, desinformar, obligar, como se hace con muchas mujeres, que quedan sin más opciones que las que pasan por el parto hospitalario típico.
Dar a Luz es un acto sagrado, digno de respeto por lo que entraña en cuanto al surgimiento de una nueva vida, por lo que supone como vivencia para la madre, por lo que implica en el futuro del bebé, que es lo mismo que decir en el futuro de toda la humanidad. Al fin y al cabo los bebés de hoy serán las mujeres y hombres del mañana. Bebés, niños, en armonía lo serán también de adultos, llevando a sociedades igualmente en armonía, de lo que estamos más bien faltos en la actualidad.

El primer año después del nacimiento

Si el bebé nace a los aproximadamente nueve meses de gestación en el ser humano es porque el tamaño del cráneo del bebé es lo máximo posible para poder atravesar el diámetro de la pelvis, que a la vez es, en la mujer, el máximo posible para poder mantener la estructura necesaria para el equilibrio en los movimientos y en la posición erguida. Pero aún está inmaduro en muchos aspectos, tanto fisiológicos como motrices. Después del nacimiento se crean nuevas redes neuronales a un ritmo escalofriante, hasta alcanzar unas mil millones de conexiones a los tres años. La cantidad y calidad de estas redes dependerá básicamente de dos factores: Uno, del alimento que facilite los nutrientes necesarios para ese desarrollo y dos, del alimento afectivo. Lo primero es evidente y lo segundo quedó demostrado con las investigaciones realizadas en guarderías chinas y rumanas, en las que los bebés eran alimentados adecuadamente pero no tenían el mínimo contacto afectivo. No se les cogía en brazos, no disfrutaban de lactancia materna, se les dejaba llorar e incluso se les ataba. Las taras y retrasos psicológicos y psicomotrices eran palpables en estos niños. Los niños a los que no se dirige mucho la palabra, a los que se les lee poco en voz alta o con los que apenas se juega durante sus primeros años de vida, desarrollarán aptitudes lingüísticas pobres y, lo que es más importante, aptitudes sociales deficientes.
El bebé nacido sigue con esa percepción puramente emocional. Sigue necesitando sentirse seguro, protegido, querido, amado. Necesita el contacto con su madre, al fin y al cabo hasta ahora ha estado toda su vida dentro de ella, su mirada, sus manos, su calor, su olor. La lactancia es una herramienta ideal para ello, así como lo es el colecho. Están demostrados los incuestionables e indiscutibles beneficios de la leche materna frente a la leche de fórmula pero además quiero hacer hincapié en lo que aporta al vínculo afectivo madre-hijo. La lactancia es un acto de generosidad, un acto de amor, en que la madre ofrece su propio cuerpo a su bebé en forma de contacto y de alimento. El bebé satisface de esta manera todas sus necesidades, tanto las de alimento nutriente como las de alimento afectivo. Para las madres que no pueden ofrecer la lactancia a sus hijos, -menos de las que nos quieren hacer creer y debido en la mayoría de las ocasiones a un problema de desinformación y conocimiento de las formas- he de decir que un biberón puede ser también gratificante para el bebé si se mantiene el contacto cuerpo a cuerpo, si lo damos con dulzura y sobre todo con amor. Priorizando el uso de leche materna, aún utilizando el biberón.
El colecho –dormir con el bebé- otorga al bebé seguridad, cubre la necesidad de sentirse constantemente protegido, especialmente por la noche. El Dr. Carlos González describió esta necesidad como herencia del proceso evolutivo, en que las crías de los mamíferos, en la jungla o en la sabana, periódicamente –cada dos o tres horas- se despiertan y gimen con el objetivo de comprobar si su madre está a su lado. Porque si no lo está serán presa de los depredadores y de esta manera dan oportunidad a sus madres, si se han alejado, de acudir junto a ellas. Las madres que duermen junto a sus hijos confirman esta teoría, puesto que cuando el bebé se despierta, si no lo hace por hambre en cuyo caso mama un rato y vuelve a dormirse, sólo notando el contacto de su madre o poniendo el pezón en su boca, se tranquilizan y recuperan el sueño rápidamente.
En frente de esta opción del colecho tenemos una técnica nefasta, defendida por el Dr. Estivill, dirigida a “enseñar” a dormir a los bebés, que no tiene para nada en cuenta las necesidades afectivas del bebé, que le suponen un terrible sufrimiento al sentirse abandonado, solo ante sus miedos, despreciado en sus demandas de afecto. Básicamente el método es dejar llorar al bebé en su habitación, en su cuna, hasta que acepte que nadie le va a coger en brazos y se duerma (tal como él dice: “...aunque vomite o se de cabezazos...”. Podemos imaginar los importantes impactos traumáticos que va a suponer este trato, la desconfianza, falta de autoestima, rabia contenida que acumulará este bebé. De entrada claro que el método funciona para beneficio de los padres, que ya pueden dormir tranquilos, pero a costa de un precio que desconocen, tanto ahora (hay bebés que una vez aplicado el método sufren de terror nocturno, pesadillas, miedos) como en el futuro (bloqueo emocional, sumisión, falta de autoconfianza, dificultades de relación e incluso violencia).
Amar es conocer y satisfacer las necesidades afectivas del otro. Las necesidades del bebé se muestran claras y definidas. Sólo exige de nosotros algo que muchas veces es lo que más nos cuesta dar: TIEMPO. Un tiempo para abrazarle, besarle, jugar, reír. Un tiempo que no tendrá límite para el bebé, necesitado de su madre, de su padre, cuanto más mejor.
En contra de lo que se piensa habitualmente, un bebé consigue más independencia, más autoestima, más seguridad, se siente más feliz; si se coge cuando llora, duerme con los padres, se mantiene la lactancia, es atendido siempre con afecto, cariño y paciencia. Cada bebé, debido a su particular experiencia intrauterina y de nacimiento, tendrá su forma de ser especial. Lloran más o menos, son más o menos miedosos, necesitan más o menos contacto, etc., pero en cualquier caso necesitan de nosotros, de nuestra comprensión, de nuestra compañía.

Conclusión

Cada vez hay más evidencias científicas -desde la Fisiología, la Neurología, la Psicología- de lo que muchas madres saben intuitivamente desde la noche de los tiempos: de las capacidades perceptivas de los bebés desde el mismo momento de la concepción, de la importancia de la gestación, el nacimiento y la primera infancia en el futuro de las personas, de las consecuencias de los hechos acontecidos en estas etapas en la forma de ser más profunda de cada individuo. Es la responsabilidad de todos –madres, padres, médicos, comadronas, pediatras, terapeutas, psicólogos, educadores, políticos…de toda la sociedad en general- conseguir el respeto a los derechos del bebé y de la madre.
Tener un hijo es la más maravillosa de las experiencias (o así debería ser) que implica una gran responsabilidad que madres y padres deberían entender y asumir.
Lo que sembremos ahora lo recogeremos en el futuro. Hay padres y madres que se lamentan de que sus hijos adolescentes (o ya durante la infancia) no les tienen confianza, no les cuentas sus cosas, no quieren salir con ellos, se les enfrentan, hay discusiones, se visten “raro” o llevan una vida desordenada con amigos no “deseables”. La pregunta del millón que les hago es: ¿Cuando tú hijo era pequeño, jugasteis con él, le leísteis cuentos, le acompañasteis en sus actividades, dialogabais con él o utilizabais el mando y ordeno, os interesabais por sus problemas, respetabais sus inquietudes...?
En la gestación, el nacimiento, la primera infancia, se asientan las raíces del Vínculo Afectivo, unión que se establece entre padres e hijos fruto de la comunicación emocional entre ambas partes. Un vínculo afectivo sano, fuerte, es garantía de una relación fluida, de una base psicoemocional equilibrada, de un adulto en plenitud.

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“El tiempo ineludiblemente pasa. Los sentimientos perduran. Se deslizan entre nuestras manos dándonos la oportunidad de cerrarlas y conservar lo mejor de ambos. Aferrémonos a la vida, a la belleza, al amor. Amemos a nuestros hijos y el tiempo será siempre presente, un regalo inagotable para ambos”.
Enrique Blay


Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

"ARA- Psicología / Psico-emocional" www.ara-terapia.com

Centro asociado a la Plataforma Pro Derechos del Nacimiento

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martes, julio 25, 2006

CONSIDERACIONES SOBRE LA EDUCACIÓN INFANTIL (EL ARTE DE SER M/PADRES)


La palabra “educación” me despierta un cierto desasosiego. Será debido al tipo de educación que recibí o a la que habitualmente observo se aplica actualmente tanto a nivel familiar, como escolar o social.
El diccionario de la lengua española define “educar”, en primer lugar, como: “Dirigir, encaminar, adoctrinar”. ¡Qué miedo! teniendo en cuenta que a su vez “dirigir” se define como: “Enderezar, llevar rectamente algo hacia un término o lugar señalado”, que “encaminar” se define como: “Enseñar a alguien por donde ha de ir, ponerle en camino”, y que “adoctrinar” se define como: “Instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias”. Todas estas definiciones me huelen a colegio religioso, a educadores implacables, a padres severos, a educación basada en el ordeno y mando, a sociedades controladoras del individuo. Huelen a falta de respeto y de libertad.
Es considerar al niño como alguien que debe ser “enderezado”, llevado por “el buen camino”, con “fe ciega y obediencia absoluta” al adulto.
El niño es una semilla que contiene todos los ingredientes necesarios para convertirse en un adulto en armonía. Solo hace falta dejar que se desarrolle (y los adultos somos especialistas en impedirlo).
Esa semilla necesita de una fértil tierra donde arraigar sus raíces. Raíces ubicadas en la gestación, en el nacimiento y fortalecidas en los años posteriores, necesitados de un entorno amoroso (tierra fértil), creador del vínculo afectivo, verdadero nutriente de la semilla humana.
Hablar de educación es, bajo esta perspectiva, hablar de afecto, de respeto, de comunicación emocional, de AMOR. Es hablar de la “buena educación”.
Todo agricultor conoce lo referente al cuidado de la semilla de la que quiere obtener su fruto. No espera que de una semilla de limonero salga un árbol que le de manzanas. No trata de la misma manera una semilla, que un brote o que un pequeño arbolito. Sabe del tiempo necesario para el crecimiento del árbol hasta producir sus frutos. Lo único que hace es acompañar su crecimiento, cuidándolo, protegiéndolo. Con toda la paciencia y cariño del mundo. No hay más, entonces, que esperar que la naturaleza siga su curso.
Sobre los cuidados de la semilla humana se han planteado métodos, marcado directrices, de todo tipo y color. Se han escrito manuales y libros hasta la saciedad, de los que la mayoría para poco han servido. Sólo hay que contemplar el camino del ser humano a lo largo de su historia. Todo bastante inútil porque se han escrito por adultos y para adultos, sin tener en cuenta que los bebés y niños no son adultos en miniatura sino más bien al revés: los adultos son bebés y niños que han crecido.
Los objetivos planteados para la educación han sido generalmente encaminados a hacer de los niños unos hombres y mujeres “de bien”, claro está, según lo que cada cultura, cada sociedad, cada madre o padre interpretan lo que significa “de bien”.
Y digo yo ¿no sería más natural intentar que los bebés y niños se conviertan en hombres y mujeres felices, y además habiendo sido a su vez bebés y niños felices?
Eso sólo es posible amándolos y sobre todo que ellos lo sientan así. Amar es conocer y satisfacer las necesidades afectivas del otro. Para conocer cuáles son esas necesidades, en el bebé y en el niño, hemos de comprender cómo siente, qué le daña o beneficia a nivel emocional, qué consecuencias tiene todo ello en su futuro y actuar en consecuencia.

Las Etapas de Percepción

Desde que un ser humano es concebido, igual que su cuerpo físico va a atravesar diversas etapas de evolución en sus capacidades psicomotrices (succionar, reír, llorar, gatear, hablar, andar, etc.), también sus formas de percepción van a evolucionar. Básicamente podemos hablar de una percepción emocional que prevalece desde la concepción hasta los 12 / 14 años (con una intensidad inversamente proporcional a la edad) y de una percepción racional que domina a partir de esos años (con una intensidad directamente proporcional desde los dos años de edad).
Desde la concepción hasta los, más o menos, dos años después del nacimiento, la percepción podríamos calificarla de “altamente” emocional y es, a partir de esa edad –época preverbal- donde el niño empieza (¡Ojo! EMPIEZA) el desarrollo de sus capacidades de percepción racional. Es evidente que no es lo mismo hablar de un bebé de tres meses, que de un año, que de dos, de tres, de cuatro, etc. La diferencia está precisamente en la evolución de sus capacidades perceptivas y de sus experiencias vitales (aprendizaje).



Por lo tanto podemos plantearnos la educación en base a dos pilares fundamentales:

1- Las diferentes etapas de percepción.
2- La individualidad de cada bebé o niño.

1- Las diferentes etapas de percepción: tenemos, como tiempos claramente diferenciados, la gestación, los dos primeros años desde el nacimiento y el nacimiento en sí, que por su importante carga emocional es un hecho de una gran repercusión en la vida de las personas. A partir de aquí la infancia, hasta llegar a la adolescencia.
De cómo percibe y siente el bebé, de sus necesidades afectivas durante la gestación, el nacimiento y sus primeros años de vida lo expondré en otro artículo.
Como hemos visto, durante la infancia prevalece la percepción emocional, que es lo contrario de la percepción racional.

2- La individualidad de cada bebé o niño: que cada niño es diferente que nos lo digan a los que tenemos más de un hijo. Son diferentes porque heredan una carga genética particular (con predisposición a una determinada conducta), pero sobre todo son diferentes porque cada uno ha experimentado una gestación y un nacimiento particulares. Nunca, aunque la madre sea la misma, un embarazo y el nacimiento serán igual a otro, y ambos imprimen una huella única en cada bebé. También podemos plantearnos, además, una perspectiva espiritual, en la que cada bebé trae consigo un bagaje, una misión, un aprendizaje en particular. Sea como sea, cada bebé / niño es, en sí mismo, único, especial, y como tal hay que tratarlo.

Tipos de Educación

Hagamos un ejercicio de viaje al pasado y recordemos cómo nos educaron nuestros padres. Los hechos que nos hicieron felices y los que nos hicieron sufrir. Lo que necesitábamos y no nos dieron. Hay que tomar conciencia de todo ello y utilizarlo, junto a nuestro propio criterio y valores, para establecer la forma de educar a nuestros hij@s, siempre sobre la base de que lo prioritario es que se sientan amados. Podemos diferenciar cuatro estilos de educación:

1-Educación Autoritaria: M/Padres autoritarios que imponen normas y esperan obediencia: “No interrumpas, no vuelvas tarde o te castigaré; ¿Porqué?, porque lo digo yo”. Utilizan con frecuencia el castigo y algunos justifican el pegar a los niñ@s como algo necesario y natural.
2-Educación Permisiva: M/Padres permisivos que se someten a los deseos de sus hij@s, les exigen poco y raramente recurren a la discusión o diálogo.
3-Educación negligente: M/Padres negligentes que rechazan a sus hij@s. No están implicados. Esperan poco y no se comprometen.
4-Educación Democrática (o Educación Emocional): M/Padres que son pacientes, respetuosos y cariñosos. Saben escuchar y priorizan la atención de las necesidades emocionales de sus hij@s. Cuando los niñ@s crecen utilizan normas y órdenes, pero también explicando las razones, animándoles a discutir abiertamente y permitiendo excepciones a las normas.

Los niñ@s con mayor autoestima, confianza en sí mismos y competencia social normalmente tienen m/padres cariñosos, preocupados y “democráticos” (m/padres que se comunican con ellos, que establecen normas pero respetan su opinión), capaces de comprender y atender las necesidades afectivas de sus hij@s, de basar la relación en el respeto a su particular proceso evolutivo (los hij@s no deben ser el fruto de nuestras expectativas y deseos).

La Percepción Emocional

La percepción emocional de los niñ@s supone una conciencia abierta al sentimiento. El niñ@, primero, “siente” y por lo tanto vive el momento. “Sentir” es sentir ahora, no lo que sentí ayer o lo que sentiré mañana. Es una percepción opuesta a la racional que prevalece en el adulto, capaz de razonar, evaluar, que le permite calcular las consecuencias de sus actos o entender lo que sucede. En la percepción emocional no valen las palabras, sino los hechos, la carga emocional que representan. Por eso hay que tener especial cuidado en las formas, en el tono de voz, en las expresiones, en los gestos, en la forma en que se actúa. Con los niños hay que ser paciente, demostrar tranquilidad, control, escucharlos. Tener criterio para actuar firmemente cuando haya que hacerlo (por ejemplo si va a hacer algo peligroso para su integridad física o hacer daño a otro niño). Si caemos continuamente en el “no” o en el uso del “porque yo lo digo” o gritamos y nos enfadamos, solo conseguimos un proceso continuo de acción – reacción, además de enseñarle una forma inadecuada de comunicación entre las personas. Un típico ejemplo cuando son más pequeños (o no tanto) es el dormir y el comer, que se convierten en auténticas batallas diarias. Esta es una de las muchas razones por las que el popular método para enseñar a dormir a los niñ@s del Dr. Estivill es un desastre ya que bajo la absurda premisa de que los bebés y niños necesitan aprender a dormir, utiliza un sistema represivo, incluso violento, que se puede calificar, cuanto menos, de tortura psicológica. Se ignoran totalmente las necesidades afectivas del bebé o niño, que giran en torno a sentirse seguros, protegidos, acompañados, atendidos, respetados, amados y se induce a los padres al uso del principio de autoridad, basado en el poder, la fuerza, la imposición, con tal de que el bebé o niño ceda a sus propósitos o deseos.
Esta percepción emocional hace a los niñ@s especialmente sensibles a los impactos emocionales, tanto gratificantes como traumáticos. No hay duda de que lo más gratificante para un niño es sentirse querido, protegido, atendido por sus padres. Y lo más traumático lo contrario, sentirse rechazado, separado, abandonado, desatendido por ellos. Como su percepción es emocional, de poco sirven las palabras: “Te quiero mucho pero…No juego contigo que estoy viendo una peli,…No, no vamos al parque que estoy cansado,…Hoy te quedas con la abuela, que nosotros nos vamos de compras,…Haz tú sólo los deberes que yo tengo otras cosas que hacer,…etc.” Nuestros hij@s nos demandan algo que es lo más difícil para nosotros darles: TIEMPO. Tiempo para jugar, para reír, para hablar, para bañarse juntos, para lo que sea. Y si ese tiempo fuera en tiempo de trabajo sería estupendo: “Oiga jefe, hoy no vengo a trabajar porque me quedo a jugar con mi hij@”. Pero no, el tiempo que les podemos dar es el de nuestro tiempo libre. Nuestro tiempo compartido con ell@s (hechos concretos) es el alimento del vínculo afectivo que nos permite ahora y en el futuro mantener una profunda relación de afecto, de comunicación, de compartir, de unión.
El niño tiene también una inmensa capacidad de aprendizaje por observación. El niño observa e imita el comportamiento de los demás, la forma de dialogar, de expresarse. Si se le abraza y besa, será cariñoso; si se le grita o pega, será agresivo; si se dialoga, él será comunicativo; si se le atiende y protege, él se sentirá seguro; si se le respeta, él será tolerante. Si se le ama; él se amará a si mismo y será capaz de amar a los demás. Y hablo de un amor interdependiente, no posesivo, ni autoritario, ni impositivo, ni absorbente. Un amor respetuoso que le acompaña en su crecimiento.

De la teoría a la práctica

Como normalmente pasa, una cosa es la teoría y otra la práctica. Aún teniendo conciencia de las necesidades afectivas de nuestros hij@s, aún queriendo atenderlas lo máximo posible, nos encontramos con diversas dificultades: personales, familiares, laborales y sociales.
- Personales: Amar a un hij@ es el amor más puro. No siempre estamos preparados para ejercerlo en todas sus consecuencias, con toda la generosidad que conlleva. Hemos de ser capaces de liberar todo nuestro potencial afectivo, toda nuestra sensibilidad, todas nuestras mejores virtudes.
- Familiares: Arrastramos unos patrones familiares que hay que conservar en lo positivo y rectificar en lo negativo. Esos hechos de nuestra infancia que nos gratificaron y que podemos revivir con nuestros hij@s y esos otros que nos dañaron y debemos evitar.
- Laborales: El gran problema de la conciliación familiar en el trabajo. Poca consideración tienen aún las leyes con las madres tanto durante la gestación como con los primeros años de vida del bebé (que dificultan enormemente la relación madre – hij@, la lactancia, la cercanía y contacto continuado) y con los horarios laborales de las madres y padres en el día a día con los niñ@s.
- Sociales: Igual que hay patrones familiares, también los hay sociales, que menosprecian la relación afectiva con los niñ@s, criticando el colecho, la lactancia, los brazos y besos, el diálogo, la dedicación a ell@s. La educación escolar está masificada, enfocada al pensamiento racional, dirigida al aprendizaje por memoria, ciega a la creatividad y aún más a la inteligencia emocional.
Cada madre, cada padre, cada familia, tiene sus condiciones particulares que les pueden limitar en sus posibilidades de atención a sus hij@s. Sin embargo, todos podemos seguir una dirección adecuada en la relación con nuestros hij@s si no perdemos de vista unas referencias básicas:

1- El niñ@ tiene una percepción emocional: Percepción basada en hechos concretos, es decir, abrazos, besos, juegos, compañía, actividades juntos. El tiempo que les dediquemos y cómo se lo dediquemos marcará la calidad del vínculo afectivo.
2- Tal como actuemos nosotros con ell@s, así lo harán ell@s con nosotros y con los demás. Debemos ser un “ejemplo” con nuestra actitud, nuestras palabras, nuestras expresiones. Es tiempo de paciencia, suavidad, escucha, respeto, sensibilidad abierta a sus necesidades afectivas.
3- Escoger la guardería (si no hay más remedio que utilizarla) y el colegio lo más próximo posibles a una educación respetuosa con los bebés y niñ@s. Una guardería en que se atienda el llanto, se abraze, se juegue, se comprendan las necesidades afectivas de los bebés. Una escuela en que no se utilize la represión, el castigo, la autoridad como métodos educativos. Que permita a los niñ@s expresarse, dialogar. Que valore a cada niñ@ en sus capacidades, aptitudes y logros (y no precisamente con exámenes y notas que juzgan y castigan), dejando ante todo que el niñ@ desarrolle su creatividad, que aprenda disfrutando.
4- Tener un hij@ es la más maravillosa de las experiencias y vale la pena vivirla en toda su intensidad, con todos nuestros sentidos abiertos, con toda su carga emocional. En ellos podemos encontrar sabiduría, inocencia, confianza, generosidad, amor puro. Son, si uno quiere, auténticos Maestros en nuestra vida, libros abiertos en los que aprender, espejos de nuestras virtudes y de nuestras carencias, compañeros alegres en nuestro camino, receptores incansables e insaciables de todo el amor que seamos capaces de darles.

No hay duda de que nadie nos ha enseñado a ser madres y padres, pero quizás no haga falta. Si acaso liberarse de falsos conceptos y demás barreras mentales tomando conciencia de la gran responsabilidad pero también de la gran oportunidad que supone ser m/padres. Quizás el arte de ser m/padres se trate simplemente de amar a nuestros hij@s como nunca hemos amado a nadie.



“Toda mujer y todo hombre han sido una vez niñ@s y en la medida en que ese niñ@ se sintió amado, así se ama ahora a si mismo, a los demás, al Mundo y al Universo entero. Quien ama a un niñ@, siembra amor para el futuro.”
Enrique Blay


Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

"ARA- Psicología / Psico-emocional" www.ara-terapia.com

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HOMBRES, ¿MEROS ACOMPAÑANTES EN LA GESTACIÓN Y NACIMIENTO DE LOS HIJ@S?


Tengo dos hijos, Lidia y David, actualmente con 22 y 18 años de edad respectivamente (¡Cómo pasa el tiempo!). Cuando mi mujer quedó embarazada de Lidia intenté informarme de todo lo relativo a la gestación, nacimiento y primera infancia. Devoré revistas, libros y todo lo que cayera en mis manos sobre el tema. Quería vivir una paternidad consciente, “hacerlo bien”. Todo lo que leía describía con todo detalle los cambios fisiológicos de la madre y del bebé en su desarrollo intrauterino; el proceso del nacimiento con las diferentes técnicas con las que solventar posibles problemas; los primeros cuidados. Pero yo sentía la necesidad de ser partícipe en este proceso, no un mero espectador. El contacto afectivo con mi mujer, cuidarla y mimarla, estar atento a sus necesidades y estados de ánimo, era una forma de sentirme implicado en su embarazo. Pero ¿y el bebé?. Por pura intuición o instinto o misteriosa necesidad, cada día colocaba mis manos en su vientre y hablaba con mi hija, la acariciaba, la besaba. Esa cercanía, ese contacto con mi hija y años después con mi hijo, mantenido durante la infancia, nos ha dado el mejor de los frutos: un vínculo afectivo que nos permite crecer juntos, comunicarnos, transmitirnos afecto y cariño, en una palabra: amarnos.
Me viene a la mente un amigo mío, muy bien considerado en la empresa donde trabaja debido a los grandes resultados productivos que obtenía año tras año. Ello gracias a que su jornada laboral no tenía fin, incluyendo algunos sábados. Un día le pregunté porqué dedicaba tanto tiempo al trabajo, alargando la jornada laboral cada día hasta la noche. Me dijo que de esta forma, cuando llegaba a casa, sus dos hijos (por entonces de 8 y 4 años de edad) ya estaban bañados, cenados, con el pijama puesto y listos para ir a dormir. Mi amigo me produjo una honda tristeza. Estaba desperdiciando una de las experiencias más maravillosas y gratificantes del ser humano: ser padres. No pudo disfrutar de bañar a sus hijos, cambiarlos, darles de comer, jugar con ellos, leerles un cuento. Pero lo que es peor por sus consecuencias futuras para sus hijos, no creó un vínculo afectivo con ellos, no les enseñó, ni aprendió de ellos, no fue capaz de ser PADRE. Porque ser padre no es dejar embarazada a una mujer, aportar el dinero necesario para su manutención, delegar en ella todas las funciones afectivas y de cuidado y acabar siendo una figura autoritaria, dura, alejada de todo sentimiento o contacto afectivo. Claro, los niños crecen y llega la adolescencia, entonces surgen las quejas por parte del padre: ¡No nos entendemos, no me hace caso, no me cuenta nada, va a su rollo, no quiere salir conmigo, es un rebelde, no sé qué hacer con él,.........! ¿Y qué se podía esperar?.
Los hombres, los padres, podemos y debemos participar en el desarrollo de nuestros hijos desde el mismo momento en que la madre se sabe embarazada. Por dos razones. Una porque como padres disfrutaremos y nos enriqueceremos y otra porque estaremos poniendo las bases, los cimientos, de la estructura psicoemocional de nuestro hijo, otorgándole una gran estabilidad y armonía emocional que le acompañará el resto de su vida, que serán las raíces fuertes y sanas, sustento del árbol adulto en que se convertirá.
No hay ninguna duda, después de muchos años de escuchar los relatos de pacientes a través de la Terapia ARA Psico-emocional (se les lleva a la vivenciación -ver y sentir- de su gestación y nacimiento), se demuestra lo que la propia base teórica y experimental de la Terapia, en cuanto a los diferentes estados perceptivos por los que atravesamos desde nuestra concepción ya apuntaba, que la época más fundamental en la biografía del ser humano es la de su gestación y nacimiento. Era inimaginable para mí, la capacidad perceptiva, sobre todo emocional, de un bebé dentro de su madre, hasta el punto que posee lo que hemos denominado “Percepción Extrauterina”, que es su capacidad de focalizar su conciencia fuera de su madre, de percibir, de ver, todo lo que sucede en el exterior del útero. Ello hace que a parte del papel fundamental de la madre, con quién está en total simbiosis, sea también fundamental el papel del padre, tanto en conseguir para la madre un nivel afectivo, de comprensión, de tranquilidad adecuados, como para iniciar el vínculo afectivo con nuestro hijo, a través de nuestras palabras, nuestro contacto, e incluso nuestros actos. De esta forma se nos otorga, si queremos aceptarlo, un papel participativo, no de mero acompañante, en la gestación y nacimiento de nuestros hijos.
Y hablando del nacimiento, debemos luchar para poder traer al mundo a nuestros hijos de la forma que consideremos mejor, dándonos la oportunidad de optar por nacimientos naturales, rodeados del ambiente adecuado y respetando nuestras decisiones. (Aquí sí que vale la pena ser un padre autoritario).
Todas las personas –mujeres, hombres, madres, padres, comadronas, enfermeras, médicos, terapeutas, docentes, etc.- sabedores de la importancia de la gestación y el nacimiento para el futuro del bebé (que es lo mismo que decir para el futuro de la humanidad) no deberíamos escatimar esfuerzos para concienciar a la mayor gente posible de esta realidad.
A quién no tenga conciencia de ello deberíamos procurar abrírsela. (Eso sí, con todo el cariño y paciencia del mundo).
A quién tiene conciencia, dotarle del conocimiento y herramientas necesarias para llevarla cabo.

Conclusión: Pese a que los hombres no llevemos nuestros hijos dentro de nosotros (lo cual me da auténtica y sana envidia de las mujeres) NOSOTROS TAMBIÉN DESEMPEÑAMOS UN PAPEL FUNDAMENTAL, TAMBIÉN PODEMOS VIVIR LA GESTACIÓN Y EL NACIMIENTO EN TODA SU INTENSIDAD. SER PARTÍCIPES DEL MILAGRO DE UNA NUEVA VIDA. NO LO DESAPROVECHEMOS.

Quizás fruto de mi frustración de no poder quedar embarazado, quizás de mi especial sensibilidad ante los más inocentes y desvalidos: los niños y los animales (a los primeros me los como a besos y a los segundos no me los como), quizás de la concienciación de la importancia de la gestación y nacimiento, quizás después de haber escuchado a mis pacientes relatar dramáticamente sus experiencias traumáticas de gestación y nacimiento y comprobar sus consecuencias en su infancia y vida de adulto, quizás...¡que más da!. La realidad es que debía actuarse de forma preventiva, mirar de evitar ese sufrimiento que por desgracia supone a veces la gestación y más frecuentemente el nacimiento. Y no estoy hablando sólo de un sufrimiento físico, sino, lo que es más importante, de un sufrimiento emocional. El bebé tiene una percepción abierta a todos los impactos, especialmente a los emotivos procedentes de la madre con la que mantiene una simbiosis total. Y esa simbiosis no significa que el cerebro del bebé sea el de la madre, sino la existencia de dos cerebros, cada uno de ellos con capacidad para recibir y almacenar información. Siendo el bebé básicamente receptivo, con una receptividad subjetiva, puramente emocional. que globaliza todo impacto como si el impacto fuera él. Así el bebé escribe en su sistema nervioso, en sus células, en su cuerpo todo, cuando emotivamente la madre lleva escrito y cuanto la madre va escribiendo en su mente. Tal como lo define el investigador Joaquín Grau: “Madre: en tú útero escribes el futuro de tú hijo”. La forma preventiva de que hablo trata de concienciar a los padres de ello, especialmente a la madre, que por el hecho de llevar a su hijo en el vientre, está en continuo contacto con él. A través de Talleres, donde se transmite este conocimiento y se dan las directrices prácticas para afrontar estas etapas y de sesiones individuales con la madre gestante (a la que puede asistir y participar el padre) se trabaja la comunicación con el bebé, llegando a unos estados de conciencia que permiten transmitirle todo el afecto, cariño, protección, preparar el nacimiento y crear ese vínculo afectivo necesario para su armónico y equilibrado desarrollo psicoemocional. Es asombrosa la comunicación que se establece entre ambos, emocionante para todos, incluído el terapeuta. La madre y el padre viven una gestación y un nacimiento participativos, responsable, que les permite vivir la experiencia de una forma plena. Y yo disfruto de una gestación tras otra.

Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

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lunes, julio 24, 2006

EL VIENTRE MATERNO: NUESTRO PRIMER HOGAR


Cuando medimos el tiempo de vida de un persona tomamos como referencia el día de su nacimiento. Sin embargo existimos como ser independiente desde el mismo momento de la concepción. Esta forma de contabilizar nuestra edad tiene como fondo la idea de que, durante los más o menos nueve meses que dura un embarazo, el bebé intrauterino es una especie de tumor benigno que va creciendo dentro de la madre y que finalmente será expulsado con mayor o menor esfuerzo. Y esto, que a muchos de nosotros nos puede parecer increíble, sigue siendo aún hoy en día aceptado, considerando la gestación y el nacimiento más como una enfermedad que como la más maravillosa de las experiencias, sin tener para nada en cuenta las necesidades emocionales de madre y bebé y mucho menos lo que representan en el futuro de las personas.
El bebé intrauterino, a los 3 / 4 meses, tiene todos sus órganos formados, a la espera de su crecimiento y acabado posterior y a los 6 / 7 meses puede sobrevivir si nace prematuramente. Es un ser en proceso de formación a todos los niveles. En el nivel fisiológico, todos tenemos claro que en el fantástico e increíble proceso de multiplicación celular -que convertirá dos células iniciales (óvulo y espermatozoide) en un complejísimo cuerpo, tanto a nivel material, como mental, emocional y espiritual- cualquier pequeña desviación en ese proceso, tendrá consecuencias en el cuerpo futuro del bebé, más o menos grave según sea ese fallo. Pues de la misma manera sucede con su proceso de desarrollo psicoemocional, que se inicia desde el mismo momento de la concepción. Y hablar de desarrollo psicoemocional es hablar de que el bebé intrauterino es capaz de percibir, procesar, almacenar y dar respuesta a la información que recibe.

Canales de percepción del bebé intruterino

¿Por qué canales recibe información el bebé intrauterino? Podemos plantear tres canales de percepción:
1- Los inherentes a los órganos de percepción que se van desarrollando a lo largo de la gestación: oído, tacto, gusto, olfato.
2- A través de la sangre materna que el bebé recibe mediante el cordón umbilical, que contiene sustancias como neurotransmisores u hormonas, que producen en el bebé las mismas reacciones que en la madre. Por ejemplo una de las hormonas del estrés, la adrenalina, que en la madre produce aumento del ritmo cardíaco, de la presión arterial, tensión, ansiedad, etc. produce exactamente lo mismo en el bebé. O por el contrario las endorfinas, que en la madre producen tranquilidad, bienestar, paz, etc. y que actuarán de la misma manera en el bebé.
3- El más sutil de los canales, el que permite que el bebé perciba lo que piensa, lo que siente su madre. Canal denominado “Percepción Extrasensorial” porque está fuera de los canales de percepción que otorgan los órganos de los sentidos o la fisiología. También podríamos llamarlo, desde la visión de las diferentes energías que conforman el cuerpo humano “Percepción Energética” ya que es capaz de percibir las energías de pensamientos y sentimientos.

La evolución de la percepción

Una vez vistos estos canales de información, que otorgan al bebé intrauterino una grandes e innegables capacidades perceptivas, podemos preguntarnos ¿Cómo procesa esa información, de qué colores es el cristal con que filtra toda esa información, haciéndola suya, qué siente?
Desde la concepción hasta los, más o menos, dos años después del nacimiento, la percepción podríamos calificarla de “puramente” emocional y es, a partir de esa edad –época preverbal- donde el niño empieza (¡Ojo! EMPIEZA) el desarrollo de sus capacidades de percepción racional. Es evidente que no es lo mismo hablar de un bebé de tres meses, que de un año, que de dos, de tres, de cuatro, etc. La diferencia está precisamente en la evolución de sus capacidades perceptivas y de sus experiencias vitales (aprendizaje), incluidas las de la gestación y nacimiento.
La Percepción Emocional -subjetiva, global, intuitiva, de imágenes, emocional-, es lo contrario de Percepción Racional -objetiva estructurada en base al juicio, el contraste, la lógica, la razón-, que prevalece en el adulto. La Percepción Emocional es subjetiva, es decir, hacia el interior, lo que hace que cualquier impacto emocional que recibe el bebé o niñ@, sea gratificante o traumático, se hace propio.
Es este un concepto fundamental para la comprensión de la forma en que el bebé -en el útero y en su nacimiento- y el niño “sienten”. Para la comprensión de cómo percibe, procesa y almacena la información. Para la comprensión de lo que el bebé y el niño necesita para su equilibrio y armonía.
Pero, en el fondo, ¿qué importancia tienen la gestación, el nacimiento y los primeros años posteriores si ni siquiera nos acordamos de lo acontecido en esas épocas? Pues no sólo son importantes, sino FUNDAMENTALES en el futuro de las personas.

El fenómeno de la Analogía

En la gestación, el nacimiento y el período de primera infancia se forma el carácter, la forma más profunda de nuestra forma de ser. También quedan gravadas todas nuestra experiencias emocionales.
“Analogía” significa “relación de semejanza entre dos cosas parecidas”. Un ejemplo de percepción analógica es aquella que se produce cuando, al oler a incienso, nos vienen imágenes de nuestro viaje a la India o cuando escuchamos una determinada canción y en nuestra mente aparecen imágenes de aquél primer baile romántico. El proceso es automático, no consciente. De igual manera sucede con los impactos emocionales traumáticos que quedan almacenados junto a las circunstancias que lo rodean. Son cargas de profundidad con retardo, ocultas a nuestra mente consciente, dispuestas a estallar en situaciones “análogas”, semejantes, a lo largo de nuestra vida.
Se va construyendo una “Biografía Oculta”, con cargas emocionales beneficiosas o dañinas, dependiendo del signo e intensidad de los impactos. Ya de adultos, por una situación análoga (parecida o semejante), puede estallar alguno de esas cargas emocionales negativas, convirtiéndose en una Actualización Patológica o síntoma.
Lógicamente, esta Percepción Emocional del bebé y niñ@, esta constatación de las consecuencias en su presente y futuro, hace que debamos replantearnos aspectos de la gestación, el nacimiento y la educación infantil.

La gestación

Lo que siente la madre, lo siente su bebé. Y ya hemos visto cómo lo siente, cómo lo procesa, cómo le afecta ahora y en el futuro. ¿Qué podemos hacer para que este bebé se sienta feliz, aceptado, protegido, deseado, amado?
En primer lugar, la madre, debe procurar estar el mayor tiempo posible en un estado de tranquilidad, de paz, de relajación. En segundo lugar mantener una comunicación intensa, constante, con su bebé a través de sus pensamientos, de sus manos en el vientre. Para ello es también una gran herramienta la relajación y la visualización. Cuando entramos en relajación profunda, alcanzamos la percepción emocional, que es la percepción en que se encuentra el bebé. Es como si fuéramos moviendo el dial de una radio hasta encontrar la frecuencia de la emisora que deseamos escuchar. Sintonizamos con nuestro bebé y se produce una increíble comunicación entre madre y bebé y viceversa.
La madre debe intentar evitar estados emocionales negativos, como la tristeza, las preocupaciones intensas, el miedo, la angustia y el estado continuado de estrés. Debería replantearse, considerando lo anterior, todo lo referente al entorno laboral de la mujer embarazada. Hoy en día no sólo no se le apoya sino que en muchas ocasiones se le discrimina. Falta comprensión de lo que supone la gestación para la madre, sus cambios fisiológicos, su mayor sensibilidad, su necesidad de tranquilidad, de sentirse respetada, apoyada en el proceso. Muchas mujeres embarazadas sufren de estrés durante su embarazo porque se les exige la misma dedicación o esfuerzo, o incluso más, que si no lo estuvieran. Hay suficientes estudios que demuestran el efecto negativo del estrés sobre el desarrollo del bebé. El riesgo de que los bebés cuyas madres han sufrido estrés durante el embarazo sean hiperactivos, tengan problemas de motricidad y déficit de atención es mucho mayor que en caso de bebés de madres no estresadas.
Los sentimientos y los estados de ánimo de las madres están vinculados a hormonas y neurotransmisores que viajan por el torrente sanguíneo y, a través de la placenta, llegan al cerebro en desarrollo del futuro bebé. Una exposición prolongada a las hormonas del estrés, incluidas la adrenalina y el cortisol, enseñan al cerebro en desarrollo a reaccionar según la modalidad de “huida o combate” a lo largo de toda la vida, aunque sea inadecuado. Por otra parte el empeño de la madre en el amor y la alegría, inunda ese mismo cerebro en desarrollo con endorfinas y neurohormonas “positivas”, por ejemplo la oxitocina, que favorece una sensación sostenida de bienestar.
Las emociones e incluso los pensamientos de una madre afectan directamente la “configuración” de la mente.
Tener un hijo es la más maravillosa de las experiencias y vale la pena vivirla en toda su intensidad, con todos nuestros sentidos abiertos, con toda su carga emocional, ya desde la gestación.

El papel del padre durante la gestación

El padre puede y debe ser más que un mero espectador en el embarazo de su pareja. Tiene dos funciones importantes. La primera, sabiendo que la madre necesita de un estado emocional equilibrado, debe hacer lo posible por que su pareja se sienta querida, acompañada, comprendida, apoyada, en su proceso de embarazo (incluida la satisfacción de los tradicionales antojos). La segunda, el inicio del vínculo afectivo con su hijo, poniendo sus manos en el vientre de la madre, hablándole, cantándole, jugando con él. Se ha comprobado que si el padre ha entablado esta relación con su hijo durante la gestación, el bebé nacido reconoce su voz entre la de otros hombres, reacciona con placer en sus brazos, se siente tranquilo con él. Por su parte, el padre, demuestra un instinto paterno afectivo muy superior a otros, que hasta ese momento, al tener en brazos a su hijo por primera vez, no habían tomado conciencia real de su paternidad.




“Nuestro primer hogar es el vientre materno. Nuestras primeras percepciones de un hogar cálido y amoroso nos acompañarán para siempre, constituirán una base sólida sobre la que crecer y desarrollarnos como seres humanos en armonía. De nuestra madre recibimos, a través del cordón umbilical, el oxígeno y los nutrientes necesarios para la vida. De sus pensamientos y sentimientos recibimos la semilla del amor, lista para germinar en cuanto nazcamos y estemos en sus brazos.”
Enrique Blay

Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

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domingo, julio 23, 2006

DAR A LUZ: RECIBIENDO A UN NUEVO SER



El nacimiento de un ser humano se puede contemplar desde una perspectiva fisiológica o desde una perspectiva emocional (o, por supuesto, desde una perspectiva espiritual). Gracias al trabajo y a las investigaciones del Doctor Michel Odent podemos comprender el proceso y las respuestas fisiológicas del nacimiento, tanto en la madre como en el bebé, que además encajan como piezas de un puzzle con las investigaciones en psicología, tanto a nivel teórico como clínico, especialmente a través de procedimientos terapéuticos que permiten al paciente vivenciar –ver y sentir- hechos concretos acontecidos dentro de su madre y naciendo. Podríamos preguntarnos si estas vivenciaciones son fruto de la imaginación de los pacientes, pero para los que trabajamos con estas técnicas de regresión no cabe ninguna duda de su realidad puesto que siempre que hemos contrastado los hechos que los pacientes relatan con la versión de madres y padres, se ha comprobado su veracidad. Esto nos ha permitido acceder a cientos de relatos en vivo y en directo de lo que siente un bebé desde el mismo momento de la concepción. También comprender la influencia que tienen la gestación y nacimiento, no sólo en el presente del bebé y niñ@, sino también en el resto de su vida. Hace tiempo quedó escrito que “En la historia de una persona, su gestación y nacimiento contienen hechos más transcendentales para él, que los ochenta años restantes”. Esta afirmación puede parecer exagerada o incluso falsa, pero una vez se comprende cómo siente un bebé en el útero materno o naciendo, una vez que se comprueba cómo las raíces de nuestra forma de ser más profunda y las causas de patologías o desarmonías que nos afectan de adulto se encuentran en estas épocas de la vida, esta afirmación adquiere el valor de una auténtica verdad.
Y esta verdad nos otorga a madres y padres una gran oportunidad, y también una gran responsabilidad, para influir en el futuro de nuestros hij@s.

EL NACIMIENTO
A nivel fisiológico el nacimiento es un proceso complejo que exige el máximo de los cuerpos del bebé y de la madre. El Dr. Michel Odent demuestra la importancia del estado mental y emocional de la madre para el funcionamiento adecuado de los mecanismos que la naturaleza tiene previstos para el acto de dar a luz. Su implicación en el aprovechamiento del cóctel de hormonas que se generan, entre las que destacan las endorfinas –morfina endógena, que producen madre y bebé- y la oxitocina –genera contracciones del útero, induce el amor maternal-, que sólo podrá segregarse si no se produce adrenalina, al ser antagonistas. La adrenalina se produce ante una situación de peligro, de miedo, de inseguridad y ello nos da pistas para pensar qué aspectos debemos cuidar en el entorno del nacimiento. El Dr. Michel Odent aboga por un parto que hay que “mamiferar” en el sentido de respetar el proceso instintivo, natural, del nacimiento, a través de la intimidad, la seguridad, la temperatura adecuada, el lenguaje utilizado con precaución, la penumbra.
Desde la perspectiva del bebé, su nacimiento es un hecho de alta carga emocional. Abandona el cálido y protector útero para surgir a un mundo desconocido a través de un camino largo y lleno de obstáculos, que implicará también la independencia vital respecto a su madre, que le ha facilitado, a través del cordón umbilical, todos los nutrientes y el oxígeno necesario para la vida.
Hoy en día, en la mayoría de los hospitales, se ha convertido algo tan natural como dar a luz en algo “técnico”, frío, olvidándose que el nacimiento es un acto sagrado donde la madre y el bebé tienen necesidades afectivas, emocionales. No se muestran las diferentes alternativas del nacimiento y menos aún sus ventajas, al contrario, se negativizan alegando riesgos importantes para la madre y el bebé.
Un nacimiento hospitalario “típico” hoy en día es: llegan las contracciones y al llegar al hospital, tras una larga o corta espera, se inmoviliza a la madre estirada en una camilla, se le practica enema y rasurado, enchufada al gota a gota, con el cinturón de sufrimiento fetal y a la mínima se le administra oxitocina (que sólo actuará a nivel muscular, pero no cerebral), con lo cual las contracciones se acelerarán, se harán más intensas y dolorosas (se ha roto definitivamente el proceso natural del nacimiento) y por lo tanto tenemos todos los números para la epidural, fórceps, episiotomía o la cesárea.
Al nacer el bebé es cogido por unas manos enormes, desconocidas, hay gritos, ruido, luces cegadoras, le cortan el cordón umbilical antes de que deje de latir por lo que se asfixia y tiene que esforzarse al límite para poder limpiar sus pulmones y poder inhalar ese aire salvador, pasa de unas manos a otras, se le manipula lavándole, pinchándole, pesándole, midiéndolo. Es separado de su madre, en la que ha tenido hasta ahora (toda su vida) su hogar. Para acabarlo de arreglar no se apoya suficientemente el inicio de la lactancia, sin apoyar ni asesorar a la madre. ¡Vaya recibimiento al bebé!
Imaginaros que en este momento os cojo del brazo, os llevo a un aeropuerto y os embarco en un avión rumbo a un país desconocido en donde vivirás a partir de ahora. El avión aterriza y bajas por su escalerilla. Hay una multitud de personas que empiezan a gritarte, a zarandearte agresivamente. Nadie te ayuda. No conoces a nadie. Estas solo e indefenso. Ahora, en cambio, supón que al bajar las escalerillas del avión la gente te recibe con sonrisas, abrazos, flores, hasta una banda de música toca en tu honor. ¡Sorpresa! Están todos tus seres queridos esperándote, llenos de felicidad por recibirte.
Pregunta: ¿Cómo te sentirás viviendo en este país en el primer caso? Pues ya ves, asustado, triste, compungido, agarrotado. Ya pueden cambiar las cosas con el tiempo, pero esto no lo olvidarás nunca. Los miedos, la desconfianza, la rabia o incluso el odio (sobre todo hacia mí que te he metido en ese avión) te acompañarán para siempre.
En el segundo caso, todo lo contrario. Feliz, encantado, confiado. Te sentirás a gusto, valiente, con ganas de vivir. Hasta me invitarás para que vaya a verte algún día.
Lo mismo pasa con el bebé y su nacimiento. Aterriza en un mundo desconocido (¡vaya aterrizaje en algunos casos!) y de lo que en ese momento sienta, perciba, vivencie, van a depender muchas de sus características personales de enfrentarse a la vida. El nacimiento deja una huella imborrable en nuestra forma de ser.
En los nacimientos en casa, o naturales de los hospitales, el bebé se complace al ser puesto junto a su madre, al cruzar la primera mirada, llena de ternura. El bebé “lee” esa mirada, identifica su sentido de alegría, de amor. Es la mejor de las bienvenidas. El bebé siente el olor, el calor, los latidos del corazón, sobre el cuerpo de su madre. Empieza a respirar tranquilamente, sin ahogos. Ni siquiera nota el corte del cordón umbilical, que ha dejado de latir. Se siente feliz, está junto a su mamá.
También es capaz de acercar su boquita al pezón de ese cálido pecho y empezar a mamar. ¡Aquí sí que se está gusto! El cóctel de hormonas se completa con la prolactina (relacionada con el apego y con el inicio de la lactancia).

¿Qué es un buen parto?
Para contestar a esta pregunta no hay que tomar como referencia la “forma” en que se desarrolla el parto. Hay que tomar como referencia cómo lo ha vivenciado la madre y por resonancia con ella, cómo lo ha vivenciado el bebé.
La forma es importante. No cabe duda que es mejor siempre plantear un parto natural (mamífero, según definición del Dr. Michel Odent) que una cesárea programada o un parto hospitalario clásico en que un buen parto es un parto rápido, con todo lo que supone de falta de intimidad, medicación, inmovilización y montaje tecnológico entre otras cosas. Pero como sabemos que las percepciones del bebé tienen como base principal las de la madre, excepcionalmente, puede ser mejor para una madre llena de miedos, o obsesionada con no “sufrir”, una cesárea (mejor no programada sino cuando llegue por naturaleza el nacimiento y esperando a que el proceso de parto esté lo más adelantado posible para permitir le generación del antes comentado cóctel de hormonas). Con ello no quiero juzgar esa decisión sino pensar en lo mejor para el bebé en este caso, en que el problema sería más la desinformación, la preparación previa y la manipulación que le han llevado a esa opción, que el hecho en sí.
También puede ser obligada una cesárea en casos de peligro para la vida del bebé o de la madre, aunque desde luego no en tantas ocasiones como nos quieren hacer creer, pudiendo tomar como referencia las recomendaciones de la OMS.
¿Qué puede hacerse si no hay más remedio que efectuar la cesárea? ¿Supondrá un daño psicológico irreparable para el bebé? Desde luego que no. Sobre todo si la madre, informada y consciente de la capacidad de comunicación que tiene con su bebé, está en contacto mental y emocional continuo con él -permitiéndolo así la epidural, en que la madre mantiene la conciencia-, transmitiéndole tranquilidad, explicándole lo que sucede (sí, habéis leído bien, explicándole lo que en cada momento está sucediendo. Los bebés son capaces de percibir y entender más de lo que podemos imaginar). La calidad emocional del nacimiento dependerán también de la calidad emocional de la gestación y se asentará en las horas y días posteriores al mismo. Si añadimos el no cortar el cordón umbilical hasta que deje de latir, el colocar al bebé en el pecho de su madre (se puede hacer en algunos casos aunque sea cesárea), no interrumpir el contacto madre-bebé si no es imprescindible y el menor tiempo posible (y ahí está el padre para cogerlo en este caso), el iniciar la lactancia…será el mejor de los nacimientos.
Desde al Plataforma de Derechos del Nacimiento defendemos que el mejor parto para la mujer es el mejor parto también para el bebé y es la mujer, suficientemente informada, la que debe decidir cómo dar a Luz, otorgándole las posibilidades de llevarlo a cabo, sea cual sea la forma decidida. Es un derecho básico de respeto y libertad sobre el propio cuerpo. No se puede manipular, desinformar, obligar, como se hace con muchas mujeres, que quedan sin más opciones que las que pasan por el parto hospitalario típico.
Dar a Luz es un acto sagrado, digno de respeto por lo que entraña en cuanto al surgimiento de una nueva vida, por lo que supone como vivencia para la madre, por lo que implica en el futuro del bebé, que es lo mismo que decir en el futuro de toda la humanidad. Al fin y al cabo los bebés de hoy serán las mujeres y hombres del mañana. Bebés, niños, en armonía lo serán también de adultos, llevando a sociedades igualmente en armonía, de lo que estamos más bien faltos en la actualidad.

ANTE TODO: INFORMACIÓN
La gestación, el nacimiento, son los hechos más importantes en la vida de las personas, tanto vivenciándolo como bebé, como siendo madres y padres. En las últimas décadas se ha tecnificado tanto la gestación y el nacimiento que se ha perdido en gran medida la oportunidad de experimentarlo con toda su carga emocional, con toda su fuerza vital.
Toda mujer tiene el derecho (y yo diría además el deber) de informarse de las diferentes posibilidades que tiene de traer a sus hij@s al mundo, de lo que supone cada una de ellas, teniendo en cuenta sus propias necesidades y las del bebé; escogiendo la que crea más adecuada a sus expectativas y deseos. Para ello no hay más remedio muchas veces que “buscar” esa información fuera de los cauces hospitalarios y médicos usuales, tarea que facilitan grupos y asociaciones dedicados a informar, asesorar y proteger los derechos de madres y bebés (incluidas las valiosas asociaciones de apoyo a la lactancia).
Sólo la concienciación de madres y padres de lo que supone una manera u otra de dar a luz puede hacer cambiar finalmente actitudes y protocolos irrespetuosos con las mujeres y sus bebés. Son muchas las personas dispuestas a promover este imprescindible cambio, por bien de los bebés, las madres, los padres y de toda la sociedad.


“El nacimiento es un acto sagrado, una representación en la Tierra de la Creación de la vida. Dar a Luz es un acto sublime de amor, lleno de afecto y entrega. Toda madre, todo bebé, tiene derecho a vivirlo en toda su intensidad, con toda su carga emocional. Respetando el nacimiento, respetamos al Ser Humano, respetamos la Vida y sembramos semillas para un mundo mejor.”
Enrique Blay

Enrique Blay, Dpdo. en Psicología del Desarrollo

"ARA- Psicología / Psico-emocional" www.ara-terapia.com

Centro asociado a la Plataforma Pro Derechos del Nacimiento

www.pangea.org/pdn/plataforma.html